viernes, 16 de diciembre de 2016

INTIMIDAD OCULTA: CAPITULO 1

Nada ni nadie de quienes se encontraban a su alrededor pudieron ser testigos, ni tan solo conscientes de aquellos minutos que desbordarían placer y lujuria. Ninguna señal, ni un movimiento extraño provocaría una alerta, ningún grito llamaría la atención de aquellos que les rodeaban. Todo un carrusel de placer sería ignorado por aquellos que estaban a su lado y un castillo de fuegos artificiales iluminaría cada poro de la piel de aquellos que fueron sus protagonistas.

Era una mañana donde el sol amanecía jugando entre nubes borrascosas. Unas nubes que anunciaban tormenta amenazando mojar cada rincón de una bella ciudad que empezaba a despertar. Luces en el horizonte como anuncio de un próximo y estremecedor trueno eran el guion perfecto de una película donde nadie puede imaginar su final. Un secreto guardado entre nubes portador de aguas torrenciales. Aguas que recorren sin pudor cada poro de una tierra que sueña ser acariciada por cada gota describiendo el camino de cada surco.

        Ella, vestida como cada mañana con su falda ajustada de color azul y su vaporosa blusa blanca, se dispuso a cerrar la puerta de su casa para dirigirse hacia la parada del autobús que la llevaba a su lugar de trabajo. Su larga melena negra jugaba con el viento de la tormenta que se avecinaba, cubriendo sus hermosos ojos y sus labios de color carmesí. Al tiempo, el ruido de sus finos talones acompañaba a la magnífica orquesta celestial. Ella era la artista invitada en esa tormenta que iniciaba el camino hacia una torrencial e intensa lluvia. Ni ella era consciente que esa situación la transportaría hacia el placer de vivir una de sus más gratas e inolvidables experiencias, donde la lujuria sería la condena más deseada.

        Al llegar a la parada, aquel autobús que ella siempre subía para dirigirse a su trabajo, guardaba esperando su llegada. En su rostro algunas gotas recorrían su rostro que se secó delicadamente con la palma de su mano. Unas gotas que le hacían estremecer su cuerpo, que le provocaban una especie de corriente que salía por cada poro de su piel. Una sensación que era el preámbulo de todo lo que le quedaba por vivir en un trayecto habitual y donde nunca ocurría nada diferente. 

Sentada, como siempre, en la parte posterior del autobús, con sus piernas cruzadas mientras intentaba ordenar su melena revuelta, miró a través de la ventana. Sus ojos delataban que estaban soñando, que estaban viajando al lado de la tormenta que se acercaba, como aquel vehículo rojo que frenaba justo al lado de su ventana. Ella era el trueno que se escucharía gracias a la luz de la mirada lasciva del interior de aquel coche rojo. Cuando ambas se cruzaron en la distancia ya provocaron los primeros relámpagos, donde la más suave piel se estremece. Una mirada donde el deseo despertó la necesidad de soñar sin pensar que se iba a hacer realidad.

Un gran estallido la hizo despertar de ese sueño que prometía ser de nuevo placentero en soledad. Placentero cuando llegara a su lugar de trabajo, donde en algunas ocasiones podía despertar y calmar aquella necesidad propia e innata. Un ruido ensordecedor que le hizo mirar de nuevo a través de su ventana y cruzándose con una mirada que le reclamaba, provocando en su interior una tormenta que también necesitaba ser calmada.

Sus manos recorrieron sus brazos, frotaron sus muslos como un intento vano de calmar sus desbocados deseos. Pero como hechizada por aquella mirada no podía dejar de sentir y notar como su piel reclamaba ser acariciada por unas manos que la desearan. Tal vez las manos dueñas de aquella mirada podían ser quienes dibujaran los senderos de su piel y calmaran la fuerza de su tormenta.

       De repente una voz le hizo desviar su cautivada mirada para observar aquello que ocurría a su alrededor. Todos los ocupantes debían abandonar aquel autobús como consecuencia de aquel fortuito impacto sufrido. Ella, presa de una necesidad y atracción desconocida busco de nuevo aquella mirada que prometía una experiencia jamás soñada. Su respiración se agitó cuando no la encontró, su cuerpo se calmó mientras oprimía sus brazos para darle calor y contrarrestar el agua fría que dejaban caer las nubes grises.

  Cuando aquel sueño donde la lujuria, el placer descontrolado y las soñadas caricias se habían disipado, se abrió la puerta de ese coche rojo que albergaba tal vez el camino de hacer realidad su perverso y placentero sueño. De nuevo las miradas se cruzaron para anunciar esa atracción y deseo carnal, siempre en secreto y oculto en las anteriores ocasiones. Ya habían compartido un mismo espacio en el ascensor del edificio, ya habían sido protagonistas en sus propios sueños eróticos.

   Sin mediar palabra, mientras ella se alzaba unos centímetros su ajustada falda para poder entrar en su coche, sus manos se atraparon con desesperación. Sus dedos se entrelazaban apasionadamente, se rozaban y se abrazaban como cuerpos presos en la cúspide del placer más sensual. Se soltaban, se rozaban y se volvían a unir al tiempo que su piel era víctima de un escalofrío que recorría su cuerpo casi descontrolado. Eran unas caricias que sin tocar su cuerpo la transportaba a un estado de placer preámbulo de una gran tormenta interior.

        Las gotas de lluvia que descendían por el cristal del coche marcaban el camino de la mano de su nuevo compañero. Gotas que se unían unas con otras, como la piel de una mano masculina se unía a la piel de sus muslos y tapados por aquella falda azul. Gotas que jugueteaban, como los dedos los hacían entre su delicada entrepierna. Juego que le provocaba un placer ya olvidado, un placer que la poseía y le hacía perder su propio control. Unos delicados dedos que le alteraba y provocaba la necesidad de ser acariciada, de ser besada y de sentirse poseída por el placer de un intenso orgasmo.

        Notaba los latidos de su corazón reflejados en sus partes más íntimas, mientras se humedecía, mientras sus pechos reclamaban en silencio la necesidad de ser acariciados. Ella envuelta en ese inmenso mar de sensaciones olvidadas le hizo perder el control de todo aquello que sucedía en el interior de aquel coche rojo. Había cerrado los ojos para revivir todo aquel placer que entrega el rozamiento para alcanzar ese calor interior como anuncio de la llegada de ese placer incontrolado y deseado.

         Abrió nuevamente sus ojos y de nuevo se cruzó con los de su nuevo acompañante. Unos ojos que seguían manteniendo esa mirada cautivadora y que desprendían el deseo de continuar acariciando aquella tersa y delicada piel de su cuerpo. Su mano acompañaba a la de su compañero, entrelazadas y apretadas, mientras seguían acariciando la piel de sus piernas y se deslizaban por encima de su falda para llegar a su ingle para volver a descender. Caricias que de nuevo le transportaron al inicio de ese camino para alcanzar la meta del placer descontrolado, despertando ese calor interior que calma el agua de una tormenta cargada de lujuria y éxtasis.

     Ella sentía sus labios resecos, todo lo contrario a lo que sentía en sus partes más íntimas. Allí sobraba humedad y crecía la necesidad de ser acariciada, de ser poseída para facilitar el camino al máximo placer. Humedeció sus labios muy sensualmente sin apartar la mirada de su nuevo compañero. Debía expresar que no debía continuar, pero ella deseaba y necesitaba que él no parara, porque ya era presa del placer de unos dedos que dibujan el camino que describía su entrepierna tapada por su falda.

       Tan solo habían pasado par de minutos y ella ya estaba fuera de sí, ya no era capaz de controlar ni su cuerpo ni su mente. Tan solo acudía a su mente la necesidad de seguir siendo acariciada y poseída por la piel de aquellas manos que tanto placer le estaban entregando en silencio bajo las gotas de lluvia de una tormenta inesperada. Pero por unos instantes aquella mano abandonó su cuerpo para poder iniciar el camino que los llevaría a su destino a través de una carretera saturada de vehículos. Instantes que le parecían meses despertando una desesperada necesidad de seguir siendo la presa de aquella mano que le daba tanto y tanto placer.

       Ella sentada y con las piernas juntas, notó de nuevo esa mano encima de ella. Notó como aquellos dedos intentaban abrirse paso en la unión de ambas piernas por debajo de su falda. Unos dedos que cada vez que apretaban sus falanges provocan un nuevo latido en ese punto que tanto placer le daba. Por un par de veces pudo evitar el abrirlas, pero tras la insistencia de esos dedos cedió y abrió lentamente sus piernas para facilitar el camino hacia ese lugar que era preso del mayor deseo de ser acariciado y penetrado.

    Él la acarició suavemente, subía y bajaba rozando tímidamente el encaje de su diminuta braguita. Cada vez que aquellos dedos rozaban su intimidad ella se estremecía y gozaba aumentando su calor y agitando su respiración. Cuando aquellos dedos volvían a ascender, ella presa de la lujuria permitía que sus piernas se abrieran lentamente para dejar paso a un nuevo y descontrolado momento de placer. Aquella sensualidad que desprendían aquellos dedos que se habían colado bajo su falda, provocaba en su interior una humedad imposible de controlar. Al igual que la necesidad de notar aquellos dedos en el desnudo interior más íntimo, pero que solo notaba a través de aquella fina tela que la separaba de aquella placentera mano.

Su respiración agitada ya era imposible esconderla, al igual que su leve resistencia había desaparecido. Ella abrió nuevamente sus ojos para mirarle con deseo y transmitirle la necesidad de ser poseída mientras él seguía paseando sus dedos sensualmente entre su entrepierna, subiendo lentamente hasta sus ingles para volver a descender hasta sus rodillas. Esas caricias y la ausencia de hacer realidad su deseo de ser penetrada, hacían que su humedad aumentara con intensidad y sus manos presas de la desesperación, acudieron al final de su falda para subirla dejando desnudos la totalidad de sus muslos.

Él también preso de esa excitación de su compañera no pudo evitar el llevar sus dedos hacia su ingle para colarse a través de su diminuta braguita mientras descendía en busca de ese lugar que imaginaba húmedo y ardiente. Ella respondió con un gran suspiro mientras cerraba sus ojos y apretaba sus piernas para presionar aquella mano que rozaba la piel de su intimidad. Él cautivado por aquellos suspiros que manifestaban tanto placer hizo intento de moverse para poder acariciar mejor aquel lugar tan deseado y que tanto placer le había dado en múltiples noches de soledad. Pero le fue imposible, solo pudo encontrar el centro del corazón de aquel húmedo lugar para rozarle sabiendo que ello transportaría a su dueña a uno de los momentos más altos del placer humano. Momento que descubrió su verdad cuando sus dedos se humedecieron como las gotas de lluvia mojaban el cristal de su coche.

Sus pechos endurecidos por tanta caricia íntima gritaban la necesidad de ser acariciados por la piel de aquellas manos que tanto placer le habían provocado. Deseaban que aquellos dedos que jugaban con su parte íntima también lo hicieran con ellos. Era una necesidad que no podía reprimir, pero como si su acompañante hubiera oído su voz, en ese mismo instante, retiró su mano de su húmeda intimidad para entrelazarse con una de sus manos que le acariciaban sus brazos.

Ella presa de una gran lujuria, ni tan solo fue consciente de que aquella mano había abandona aquel cálido rincón de su cuerpo, cuando de nuevo las dos manos bailaban el baile de una amor apasionado, descontrolado y lleno de pasión y lujuria. Las manos entrelazadas se acercaron al escote de su blusa, para introducirse juntas en su interior. Ella dejándose llevar por él, le acompañó en ese viaje hacia sus pechos deseosos de ser acariciados.

Su nuevo amante, introduciendo sus dedos entre el sujetador y su pecho, alcanzó uno de sus pechos que deseaban ser acariciados, mientras ella se perdía en una nueva tormenta interior que inundó su entrepierna. Dejó escapar de nuevo suspiros jadeantes como muestra de ese punto culminante de placer mientras aquellos dedos seguían jugando con su pecho. Pero en unos segundos, eran sus propios dedos los que jugaban con su pecho, mientras aquella mano iniciaba un nuevo recorrido entre sus muslos abiertos y desnudos.

Presa por un gran placer siguió acariciándose su pecho, dándose a sí misma un placer añadido a aquellos que le provocaban aquellos dedos, que ahora se abrían paso lentamente por debajo de su diminuta braguita de color negro. Unos dedos que acariciaban intensamente el corazón de su intimidad y entregándole un nuevo momento de placer descontrolado. Al tiempo uno de esos dedos agarró un lateral de la braguita, tirando de ella para apartarla y liberar su intimidad. Ella, que seguía sin control y sin dejar de acariciar su pecho, alzó su cuerpo para facilitar que descendieran a sus tobillos.

Ya con su intimidad desnuda y abierta, la mano de su acompañante se posó en su totalidad sobre él. De nuevo esos gemidos de placer salieron de sus labios al tiempo que humedecían de nuevo las puntas de aquellos dedos que exploraban minuciosamente cada rincón. Dedos que abrieron su intimidad paseándose por su mojada piel, mientras ella gritaba en silencio el deseo de albergar en su interior uno de ellos. De repente ella se estremeció, al tiempo que presionaba con dulzura su pecho, al notar como uno de ellos iniciaba el camino hacia su interior más íntimo. Al sentir como se introducía en ella, mientras otro de ellos acariciaba dulcemente su íntimo corazón, se estremeció provocándole un gran sudor y jadeando sin control como estaba viviendo aquel intenso momento de placer en el interior de aquel coche y en medio de una carretera rodeada de otros vehículos, pero que ella les ignoraba.

Cautiva de su placer, donde su control había desaparecido por completo, tras aquel intenso orgasmo que le hizo alcanzar una lujuria ya olvidada, le hizo abrir de nuevo sus desnudas piernas. Al tiempo que su cuerpo descendía por el asiento para poder dejar más espacio a su desnuda intimidad, para que su amante le transportara de nuevo a esos momentos donde perdía su control y como agradecimiento humedecía sus dedos.

Tal y como sus piernas se abrieron, su amante no dudo en introducir en aquella caliente intimidad dos dedos más. En su interior se movían dibujando el baile del amor, entrando y saliendo, girando y rozando aquellas paredes que rozaban sus dedos. Al igual que ella jadeaba sin control, aquellos dedos hacían exactamente lo mismo en su intimidad más escondida, rozando y acariciando ese punto donde ese momento de tanto placer tiene el pasaporte garantizado.

Su piel sudaba, sus labios estaban resecos a pesar de su constante intento de humedecerlos sensualmente con la punta de su lengua, mientras su lujuria era interrumpida cuando aquellos dedos se detenían en su interior justo en ese momento que notaba que iba a gozar a ser presa de un nuevo placer. Ese juego la desesperaba, al tiempo que su calor aumentaba y subía a un nivel que jamás había vivido. Su cuerpo sudaba, temblaba y jadeaba presa de continuos momentos de placer desconocido bajo la mirada de un hombre al que ni siquiera sabía cómo se llamaba, pero ya no le importaba. Era tanto el placer que estaba gozando bajo la mirada de aquel hombre desconocido que ello le hacía sentir todavía un placer que acababa de descubrir, que tan solo lo podía sentir y deseaba volver a gozar.

De nuevo sus leves suspiros combinados con su jadeante respiración se escaparon de sus labios mientras las miradas entre ambos hablaban en silencio. De nuevo sentía como bajaba su intimidad se mojaba por el baile de aquellos dedos que seguían en su interior. Seguían girando, entrando y saliendo de su interior para acariciar la piel desnuda y mojada de su exterior. Para regresar de nuevo a su interior y seguir bailando mientras ella acariciaba su ya desnudo pecho. No podía dejar de gozar, de sentir y de estremecerse en cada uno de los movimientos de aquellos dedos en su interior, cuando de nuevo noto que en su interior faltaba espacio. La desnuda y húmeda piel de su intimidad   dejaba   de   ser   acariciada   porque   todos   aquellos  dedos mojados se abrían paso hacia su interior. De nuevo presa de aquel frenesí descontrolado le hizo acariciar su otro pecho, ahora también desnudo de su blusa y de su sujetador de encaje.

Cuando notó como aquellos dedos presionaban para abrirse paso, ella tuvo que abrir más sus piernas, pero su falda y sus braguitas a media pierna se lo impedían. De nuevo alzó su cuerpo levantarse más su falda y acabar de deslizar sus braguitas hasta por debajo de sus rodillas, para que solas descendieran sus tobillos y así liberar una de sus piernas. Todo ello al tiempo que sentía y gozaba como aquellos dedos alcanzaban su mojado interior y giraba sin pausa. Ello le hizo desembocar en una lujuria donde su cuerpo reaccionaba de forma primitiva, abriendo al máximo sus piernas para dejar más espacio al placer, acariciando con desesperación sus pechos mientras respiraba agitada y gritaba presa del placer.

Parecía que le faltaba aire para poder respirar, cuando de nuevo ese placer recorría su interior intensamente, incluso pensando que iba a morir en aquel mismo instante pero no le importaba. Junto sus piernas con tanta fuerza que inmovilizó aquella mano, dejándola en su interior sin opción a salir. Únicamente notaba como los dedos seguían jugando y dándole placer al tiempo que ella derramaba una intensa lluvia interior que jamás olvidaría y que tal vez jamás volvería a sentir. Tras esos momentos de intenso placer que colapsaron sus sentidos, sus piernas se abrían lentamente, cediendo espacio a los dedos presos y mojados de su interior. Lentamente recuperaba su aliento y sus ojos se abrieron para cruzarse nuevamente con las de su compañero que en esos momentos también jadeaba como muestra de ser cautivado y excitado por sus encantos de mujer.

La mano una vez liberada, salió lentamente de su interior, pero se detuvo para acariciar aquella piel mojada y caliente que todavía latía tras un ese brutal e intenso momento de placer. Ella se estremeció y suspiró al tiempo que acercaba una de sus manos con las que había acariciado intensamente su pecho para unirla a la de él.   Al unirse a ella, notó en su palma su propia humedad y observó su cuerpo casi desnudo en el asiento del coche. Sus braguitas estaban en el suelo, su falda recogida en su cintura dejando a los ojos de él su parte más íntima libre para ser observada y acariciada. Mientras su blusa blanca medio desabrochada y el sujetador caído dejaba sus pechos desnudos a la vista de su amante secreto.

Ella casi desnuda y llena de un placer gozado se hallaba al lado de un hombre vestido y bien compuesto, donde solo su respiración denotaba la excitación vivida en aquel lugar. Ella casi desnuda y acariciada en cada rincón de su cuerpo por unos dedos que la transportaron a una gran tormenta de placer y él un auténtico desconocido para sus propias manos. Ella inmersa en ese mar de pensamientos que la excitaban un poco más todavía, cuando de repente y sin avisar, aquellos dedos volvían a introducirse en su interior, girando y bailando de nuevo el baile del placer de la lujuria.

Mientras el coche consumía lentamente los kilómetros de calzada, ella compartía su intimidad desnuda al aire, reclinando el asiento de su coche para entregarse sin límites, momento que aprovechó su amante para coger una de sus piernas y pasarla por encima de una de las suyas. Su intimidad estaba tan abierta que ya nada podía impedir las miradas de aquellos ojos que tanto la excitaban, que tanto placer le daban. Ella ya desbocada de nuevo en aquellos momentos donde su piel emanaba sudor por cada poro, aquellos dedos abandonaron su más profunda intimidad para acariciarla y llevarla de nuevo al deseo más descontrolado, de ser de nuevo inundada de aquella humedad como fruto del placer de aquellos dedos en su interior le habían dado unos instantes antes.

Presa de una lujuria y de un deseo carnal perdió el control del tiempo y de todos aquellos que la rodeaban, portándola a un estado de embriaguez de placer, provocado por las sensuales caricias constantes e incesantes de aquella mano desconocida sobre su piel húmeda. Un estado del que fue despertada por la voz de su amante secreto anunciándole la llegada a su lugar de trabajo. Esa voz la devolvió a la realidad, al lugar donde se hallaba y como se hallaba, casi desnuda y abierta a las caricias de un desconocido, provocándole un sobresalto de vergüenza y pudor que duró tan poco tiempo como el necesario para que de nuevo fuera invadida su intimidad por aquellos dedos compañeros de su viaje de placer.

Mientras intentaba recomponer su blusa caída de sus hombros, seguía con su pierna encima de la de él, aprovechando esos minutos de placer pensando que jamás volvería a ser la protagonista de esos placeres. De nuevo acomodó su asiento a la posición vertical mientras que con su mano acariciaba la de él en forma de despedida. Él cariñosamente la acarició dulcemente dejándole el espacio necesario para liberar su pierna en aquella postura. Seguidamente buscó sus braguitas por el suelo del coche, pero cuando las encontró de nuevo aquella mano apareció junto a las suyas. Pero esta vez no la acarició, no jugó con sus dedos al juego del amor. Tan solo agarraron aquellas braguitas para retenerlas de forma que ella no pudiera colocarlas en su lugar. De nuevo las miradas de cruzaron desprendiendo esa lujuria que no había acabado, sino que había sido solamente interrumpida. Ella como si entendiera todo lo que le hablaban aquellos ojos cedió su mano dejando su prenda en las manos de su amante, quién decididamente las guardó debajo de su propia pierna. Ante esta situación, todavía con la falda subida dejando medio escondida su intimidad, se peinó su larga melena descontrolada y repasó sus resecos labios con carmín.

El coche se detuvo en la esquina de su trabajo como un coche más, nada hacía sospechar de lo vivido en su interior durante esos veinte minutos de trayecto. Ella todavía con la sensibilidad a flor de piel, ciega por la mirada de él, bajo lentamente su falda esperando ser acariciada de nuevo antes de bajar. Pero únicamente quedó en un deseo que alteró nuevamente esa necesidad de ser abordada por ese placer inexplicable.

Sintió la necesidad de hablarle y expresarle algunas palabras como justificante de sus actos y de su placer recibido de forma inesperada. Pero en ese momento en el que intentó balbucear alguna palabra se encontró de nuevo con aquella mano que se colaba silenciosamente por debajo de su falda. De nuevo ese sudor hizo presa de cuerpo, esa excitación se apoderó de su cuerpo provocando la necesidad de sentir en su interior ese baile. Pero de nuevo quedó en una ardiente excitación mientras se retiraba la mano lentamente de sus muslos y la voz de él le deseaba una feliz jornada laboral.

Atónita, excitada y con la respiración agitada como consecuencia de un nuevo aumento de placer interior, se bajó del coche y mirándole fijamente a sus ojos le deseo lo mismo. En ese instante el sacó de nuevo sus braguitas enredadas en sus dedos mostrándoselas a ella mientras las estrechaba entre ellos. Ese gesto le hizo estremecerse de nuevo, le hizo vibrar de tal modo que notó como crecía su calor interno de forma descontrolada al igual que lo notó su amante secreto. Ella apretó sus labios fuertemente para intentar ser dueña de su realidad al tiempo que él le proponía una nueva cita al final de su jornada. Sin mediar palabra, tan solo asistiendo con la cabeza la cita fue confirmada y tras ello de nuevo aquella voz le reclamó su presencia por la otra puerta. Ella como una autómata cerró su puerta para dirigirse hacia la de él, que ya guardaba abierta y esperando su llegada.

Se detuvo, de pie junto a la puerta notando como de nuevo la otra mano ascendía entre sus piernas por debajo de su falda hasta llegar a su intimidad desnuda y oculta para los demás, pero no para aquel hombre. De nuevo rozaron la piel húmeda y todavía caliente provocándole un temblor y un placer en silencio. Ellos rozaron la puerta de su intimidad y sin avisar entraron suavemente en su interior. Ella de nuevo se excitó, allí de pie medio inclinada dejando entrever sus pechos a través del  escote de su  vaporosa blusa blanca.   Al igual que entraron sin avisar, abandonaron el lugar al tiempo que esa voz le pedía que ahora al entrar a su trabajo fueran sus manos quienes repitieran ese baile de placer de su intimidad, hasta ahora desconocida por su nuevo amante secreto.

Ella sintiendo ese cosquilleo en el centro del corazón de su intimidad se retiró de la puerta para permitir que su amante se fuera. Sus ojos brillaban y denotaban que habían sido testigos de una situación donde el placer íntimo había sido una realidad. Unos ojos que todos sus compañeros vieron diferentes, ignorando que su intimidad se ocultaba desnuda y húmeda bajo su ajustada falda azul. Solo ella era testigo de esa desnudez, de ese placer que solo al recordarlo le provocaba un nuevo palpitar y una respiración agitada.

Se dirigió hacia el vestuario del trabajo mientras recordaba cada segundo de ese viaje donde el éxtasis borró la música para dejar paso a la partitura del placer donde la música era compuesta de gemidos, de respiraciones agitadas y pequeños susurros como muestra de haber alcanzado la cima del máximo placer. Estos recuerdos la excitaban todavía más provocando la necesidad de volver a sentir como aquella propia humedad recorría una parte de su cuerpo y aumentaba vertiginosamente cuando recordaba que llevaba esa parte desnuda y oculta bajo su falda.

Al entrar y abrir la puerta de ese vestuario, sus propias manos empezaban a recorrer disimuladamente su cuerpo por encima de su ropa mientras su mente recordaba el tacto de aquellos dedos que lo habían hecho anteriormente. Cada caricia que ella se hacía desprendía una descarga en su cuerpo que erizaba su dulce piel y la transportaba lentamente a ese estado de placer íntimo. A ese estado donde la necesidad de ocupar su intimidad era reclamada y calmada por sus propios dedos. Distaba mucho del placer que había vivido en el interior de aquel coche, pero conseguía calmar tímidamente esa necesidad interna del momento.
  
De nuevo se encontraba con su falda medio subida mientras su propia mano imitaba los movimientos de su anterior inquilino. Su blusa de nuevo era apartada de su hombro para deslizar el tirante de su sujetador para dejar su pecho al aire y poder gozar de sus propias caricias. De nuevo la situación se repetía. De nuevo su intimidad se encontraba inundada por el baile de sus finos y delicados dedos. Su pecho de nuevo gozaba de las caricias de su mano, de nuevo ese placer iniciaba su camino. Pero de nuevo, esta vez sin ver los ojos de los dueños de estos otros dedos, se entrelazaban a los suyos mientras unos labios recorrían su cuello.


Su cuerpo se estremeció al notar una piel distinta a la suya, intentó descubrir quién le acompañaba en esos momentos de placer que inundaba cada poro de su piel, pero ante la llegada de una nueva tormenta interior le hizo perder nuevamente su control. Se dejó llevar de nuevo por ese placer ardiente que recorría y gozaba su cuerpo, en otro lugar, pero con el mismo placer y necesidad de ser acariciada, deseada y acompañada en su desnuda intimidad.

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