Pequeñas gotas de sudor
recorrían su escote marcado por sus dos pechos desnudos al aire. Sus labios
resecos eran humedecidos sensualmente y su larga melena estaba desvarada por su
rostro. Sus ropas yacían escampadas por un suelo de madera, revueltas y sin
control, al igual que sus zapatos de talón.
Los rayos de
sol iluminaban aquel despacho donde los gemidos de allí presentes llenaban cada
rincón. Justo en su pecho un rayo de luz hacía brillar su sudor entregando a
quienes les estaban viendo más sensualidad. Ella, tumbada sobre aquella mesa,
entregada totalmente al mundo de la lujuria, gozaba entre caricias repartidas
por todo su cuerpo. Unas caricias que hacían estremecer su piel mientras
alteraban su respiración agitada y excitada de tanto placer. Únicamente sus
ojos eran capaces de tener vida propia, clavados en aquellos ojos que
acompañaban a la voz del hombre que ella deseaba.
Unos
ojos que podía ver a través del espacio de sus dos piernas separadas y apoyadas
en el canto de la mesa. Pero demasiado lejos para que fuera la intimidad de
aquel hombre quien en esos momentos estaba en su interior. Sentía como aquella
mirada de su amante prohibido la excitaba al tiempo que ella le obedecía en
todo aquello que le decía. Intentó incorporarse para descubrir quien llenaba su
intimidad, pero la voz le ordenada que permanecería allí tumbada y con los ojos
cerrados. Era tanta su excitación, era tanto el placer que le estaba entregando
aquel que estaba en su interior, que de nuevo se perdió en uno de sus intensos
ríos de humedad. Intentó ahogar sus gemidos, como había hecho hasta ahora, pero
en esta ocasión no pudo reprimirlos. De nuevo cuando se hallaba en plena
culminación, quien estaba en su interior la abandonó. De nuevo, esa voz que la
cautivaba, le dijo que sus manos recorrieran su propio cuerpo para alcanzar ese
placer que llamaba a su intimidad.
Mientras
se perdía con sus propias caricias descubrió nuevamente el cuerpo desnudo de
aquella mujer que le dio placer en su silla de trabajo. De nuevo aquella mujer
estaba a su lado gozando de la intimidad de su amante prohibido que ella tanto
deseaba. Él allí de pie, jugando con esa intimidad que retaba a Thaïs, le
obligó a mirar ese baile de placer que le iba a entregar a su compañera. ,Excitada,
se incorporó, miró e intentó acariciar a su
amante para rogarle que le dejara formar parte de su intimidad prohibida.
Ya
agotada, con su piel sedosa inundada de gotas que recorrían su cuerpo, casi sin
aliento se acercó a su cuerpo desnudo para abrazarle y así poder mirar aquel
baile, como le había dicho su voz. Su cuerpo ya no reaccionaba ni notaba ningún
tipo de corriente interna que le alterara su respiración, tan solo sus ojos
clavados en aquella escena derramaban unas tímidas lágrimas. Tal vez por no ser
aquella mujer que gozaba intensamente delante de ella, tal vez presa de un
agotamiento o de pudor por todo lo vivido.
Sus
ojos se cerraron de nuevo, su mente se alejaba mientras un profundo cansancio
se hacía dueño de su agotado cuerpo. Cuando sus ojos se abrieron de nuevo,
aquellos rayos de sol que inundaban aquella habitación estaban escondidos tras
una cortina. Su cuerpo, todavía desnudo, estaba tapado por una suave sábana
blanca de seda y yacía en un cómodo sofá negro de piel. A la altura de sus ojos
un enorme ramo de rosas rojas junto a una caja de bombones con lazo dorado
junto a una nota: “Te llamaré”. Entre sus pechos desnudos una hermosa rosa
roja.
Thaïs
se sentó, rodeando su cuerpo con aquella sábana, y abrió la caja de bombones
para saborear lentamente algunos de ellos. Miró la habitación, todo estaba en
perfecto estado. Todo estaba en su lugar, no quedaban señales de lo ocurrido en
aquella habitación. No había ropa por el suelo ni zapatos en el suelo de
madera. No había nada, ni tan solo su ropa. Se levantó asustada, estaba desnuda
envuelta en una sábana en su lugar de trabajo, pero no tenía ropa para poder
vestirse y salir de aquella habitación. Abrió varios cajones con la esperanza
de encontrarla en el interior de alguno de ellos, cuando de nuevo aquella
puerta de cristal opaco se abrió.
De nuevo
aquellas manos de mujer que le habían dado placer, entraban con su ropa plegada
y con olor a recién planchada. Aquellas manos que recorrieron su intimidad eran
suaves y terciopeladas como el resto del cuerpo que ella recordaba. Sin saber
qué hacer ante la presencia de esta mujer, bajo sus ojos para evitar las
miradas, para no sentirse avergonzada. De nuevo esta mujer se acercó a Thaïs
para entregarle la ropa que reposaba en sus manos. Pero cuando ella estiró sus
brazos para recogerlas, la sábana blanca se deslizó por su cuerpo, dejándola de
nuevo desnuda delante de aquella mujer que no dejaba de mirarla.
Ahora
ella con su ropa en sus manos, inmóvil y sin levantar la mirada, vio y notó
como de nuevo su cuerpo era acariciado por las manos de aquella mujer. Primero
recorrieron su plano vientre descendiendo hasta su cadera, para subir hasta
encontrarse con sus pechos, a los que acarició suavemente, con mucha dulzura.
De nuevo descendieron para volver a sus pechos. Thaïs parecía petrificada, allí
de pie, con su ropa en sus manos y desnuda bajo las caricias de las manos de
aquella mujer, de quien había gozado de aquella intimidad varonil que ella
tanto había deseado.
Mientras
la acariciaba, aquella mujer se había puesto a su espalda, rodeándola con sus
brazos mientras la acariciaba. Era una mujer esbelta con un cuerpo estructural,
de pechos fuertes y largas piernas. Iba vestida con el mismo uniforme que ella,
pero su aireada blusa blanca dejaba traspasar la silueta de sus pechos
desnudos. Pechos que notó como se clavaban en su espalda, mientras una mano se
apoderaba de su intimidad. Aquellos labios que ya la habían besado aquella
mañana, se deslizaban por su cuello, al tiempo que su cuerpo notaba de nuevo
esa corriente que le excitaba.
Pudo
dominar su respiración mientras ello ocurría, pero en el momento que aquellos dedos entraron
sin avisar en su
mojada intimidad, un gemido ahogado
salió de su garganta. Aquellos dedos descontrolados le estaban dando demasiado
placer, aquellos movimientos brusco en su interior mezclado con las dulces
caricias en sus pechos era una mezcla explosiva. Su cuerpo empezó a perder esa
rigidez para dejar paso a unos leves movimientos lascivos que le ayudaban a
notar aquellos pechos clavados en su espalda.
Sus
piernas poco a poco cedían paso, para que aquellos dedos pudieran entregarle
con más libertad las caricias internas en su intimidad. De nuevo su cuerpo se
entregaba a una nueva lujuria y por primera vez en su vida, en las manos de una
mujer. Como en las otras ocasiones, su cuerpo estaba desnudo al aire y era
observado por los ojos de un amante que le daba placer. Como en las otras
ocasiones su amante vestido mientras sus dedos se perdían en su intimidad.