Sentirse
envuelta por unos labios desconocidos que acariciaban su esbelto cuello, le
provocó un exaltación, como aquella que le excitó minutos antes en aquel coche,
en su casi desnudo cuerpo. De nuevo la necesidad de sentirse amada le dejó sin
posibilidad a negarse. De nuevo era presa de una pasión descontrolada que le
obligaba a pedir a aquellos besos que no cesaran, que no pararan de recorrer su
cuello.
Su cuerpo
casi desnudo y escondido tras una falda medio subida a la altura de su pelvis,
dejaba casi en libertad su intimidad desnuda, oculta por sus delicados dedos,
que se disponían a entregarle ese momento de placer que tanto necesitaba. La
inminente llegada de ese placer, que era una mezcla explosiva entre los
recuerdos de un viaje y la nueva situación que estaba viviendo. Su mente se
debatía luchando entre su imagen de mujer inaccesible o la mujer entregada sin
condición para seguir gozando de ese nuevo momento, decidiendo entregar a su
cuerpo aquel placer que tanto deseaba tener y que le estaba llegando.
Aquellos
labios seguían acariciando su cuello delicadamente, aumentando esa nueva
sensación y necesidad de sentirse rodea por un cuerpo varonil. De sentir como
aquellas manos rozaban su piel, desplazándose por todo su cuerpo, entregado y
dispuesto a gozar de nuevo. En cada caricia, en cada beso de aquel hombre que
le acompañaba en ese juego que ella inició en solitario, su cuerpo respondía
con una mayor entrega.
Mientras
aquellos labios se detenían en su cuello, un brazo la rodeaba por su cintura
para oprimirla contra él, que permanecía detrás de ella, en un silencio roto
por la respiración agitada fruto de esa gran excitación. Su blusa medio caída,
dejaba su hombro desnudo al aire, lugar del nuevo destino de unos labios.
Mientras aquellas manos seguían con ese paseo a través de su cuerpo de piel de
seda.
Ella misma
desabrochó algún botón de su camisa para dejar libre aquel pecho medio
escondido en su bonito sujetador de encaje. Un pecho que de nuevo aclamaba ser
acariciado por esas inesperadas y desconocidas manos que le estaban
transportando a un éxtasis de placer, presa de un incipiente camino hacia la
entrega de una nueva humedad que la inundaría una vez más. Las manos de aquel
hombre se introdujeron en ese interior para acariciarlo, oprimirlo en varias
ocasiones, para trasladarse hacia el otro pecho que también
quería ser partícipe de ese juego de placer. Aquel tacto suave que recibió su pecho le
hizo esbozar un pequeño suspiro, dejando su cuerpo al deseo más oculto al dueño
que provocaba esos momentos tan sensuales y excitantes.
Con sus
pechos medio tapados por una blusa blanca desabrochada, con su falda subida y
su intimidad desnuda debajo de ella, dejaban su cuerpo casi al desnudo. Una
desnudez que provocaba una gran excitación al hombre que le acompañaba en esta
aventura. Una excitación que ella notaba clavada en su espalda, despertándole el
deseo y la necesidad de compartirla, de gozarla.
El
brazo que la rodeaba la liberó para dirigirse, directamente y sin preámbulos,
hacia su intimidad desnuda y medio oculta bajo su falda azul. Esos momentos
ella pensó que iba a morir de tanto placer, de tanta lujuria y excitación, pero
nada hacía sospechar que aquello solo sería el principio de un nuevo placer. Un
placer que sería entregado a las manos que le entregaban aquellas, por juegos
íntimos y deseos hechos realidad, pero nunca soñados en algunos de sus sueños
nocturnos más perversos.
Él
estaba apoyado en la pared, mientras el cuerpo de ella, medio desnudo se
cantoneaba junto al suyo. Un movimiento que reclamaba esa necesidad de ser
amada intensamente por un hombre, de ser acariciada y transportada a la meta
del placer más innato. Presos de esa lujuria donde la respiración agitada era
la música de fondo, su cuerpo pedía desesperadamente sentirse llena en su
interior, sentir y compartir a la vez ese deseado momento. Su falda totalmente
subida hasta su cintura, sus pechos libres de aquellas prendas que los habían
ocultado, dejaban su cuerpo prácticamente desnudo y libre para recibir aquellas
caricias que ya no eran rechazadas.
Era
tanta explosión en su interior, tanto calor acumulado que su cuerpo se entregó
al éxtasis más intenso y jamás imaginado. Ella cerró sus ojos, mientras sus labios
pedían sensualmente a aquellas manos que siguieran bailando en su húmeda
intimidad. Presa de un frenesí que le llevo a pedirle a su nuevo amante
desconocido que le entregara todo el placer que ella le había negado
anteriormente. Era tanto el placer que recorría su cuerpo que le imploró que
fundiera su cuerpo con el suyo, que su testigo de placer que se clavaba en su
espalda formara parte de su intimidad húmeda y desnuda.
Palabras
de petición que fueron ignoradas por aquel hombre que la abrazaba y acariciaba
en un rincón de aquel vestuario. Sus piernas temblaban cada vez que aquellas
manos se acercaban a su intimidad. Cada roce de aquellas manos que se atrevían
a profundizar en su interior, le producía un nuevo latido de deseo y de pasión
desenfrenada. Tras tanto frenesí de lujuria y placer interno que desembocaba en
un nuevo torrente de humedad, despertando su necesidad de acariciar la piel
oculta bajo la ropa de su amante. Sus manos abandonaron su propio cuerpo para
dirigirse hacia el de él, pero se detuvieron cuando aquellas caricias externas
que recibía su intimidad, se transformaron en caricias internas para
transportarla a un nuevo estado de placer.
Mientras
ella se perdía en esos momentos de éxtasis, aquellos fuertes brazos
aprovecharon el momento para rodearla nuevamente por su cintura para alzarla y
llevarla hacia un nuevo lugar. Ella gozaba intensamente de ese nuevo torrente
que inundaba su intimidad, cuando al abrir sus ojos se encontró delante del
espejo de aquel vestuario. Abrió sus ojos y se descubrió casi desnuda
reflejándose en él, observando como unas manos le acariciaban con deseo y
pasión. Se quedó mirando fijamente su cuerpo, aquellas manos que la acariciaban
y le daban tanto placer. Su mirada se centró en aquella mano que acariciaba su
intimidad, cuando vio y noto como aquellos dedos, una vez más, desaparecían en
su interior. Cerró nuevamente los ojos para gozar con más intensidad aquellos excitantes
momentos, pero su amante, susurrándole al oído, le
obligó a mirarse en el espejo mientras gozaba e inundaba su humedad. Imagen que
le provocó un aumento de calor interior y excitación para alcanzar un mayor
placer.
En
esos momentos ya no recordaba todo lo vivido en el interior de aquel coche rojo
junto a unas manos que descubrieron su auténtica necesidad de ser deseada. De
ser la protagonista de su propio placer concedido por unas manos que solo
deseaban acompañarla en esos momentos, donde su cuerpo se estremecía y vibraba
cuando alcanzaba la meta del éxtasis. Pero si recordaba esa necesidad de ser
compartida con el cuerpo desnudo de su desconocido amante, para sentir ese
éxtasis desde el baile del auténtico placer de compartir el contacto de dos
pieles unidas por esa necesidad.
Necesidad
que sus manos intentaron buscar por encima de la ropa de su nuevo amante,
necesidad que expresaron unos labios sedientos de ser besados, necesidad que
fue de nuevo una petición no concedida. Aquellas manos seguían acariciando su
intimidad y mientras ella lo observaba a través del espejo, al tiempo que
aumentaba su excitación. Sus piernas de nuevo se abrían para dejar paso a las
caricias sensuales y provocadoras que le proporcionaban aquellas manos esperando
que jugaran al juego del amor en el interior de su intimidad.
Lentamente
aquellos dedos desaparecieron del espejo para iniciar su camino hacia el
interior de su intimidad desnuda y abierta para recibirlos sin pudor. De nuevo
sintió un gran placer entregando una nueva humedad mientras sus manos
acariciaban sensualmente sus pechos, aumentando ese nuevo éxtasis de placer.
Rodeada y entregada sin resistencia a aquellos brazos que la excitaban solo con
el roce de su piel, le abandonaron sin previo aviso y en medio de tanto placer.
En ese momento que ella necesitaba notar como aquellos dedos le ayudaban a
alcanzarlo.
Pero el olor
a venganza flotaba en el aire. La venganza de un amante para mirarla a través
del espejo como ella misma se acariciaba para alcanzarlo. En ese momento que
más caricias necesitaba, en ese momento que deseaba sentir aquellos dedos en su
intimidad para mojarlos con su placer, le abandonaron. Su corazón más íntimo
aclamaba desesperadamente ser acariciado, pero su amante solo observaba, igual
que ella a través del espejo, mientras sus propios dedos le proporcionaban ese
placer que su amante le negó. Desnuda y presa de un gran éxtasis, delante de un
espejo y junto a un hombre que le había hecho perder la cordura para llevarla a
la lujuria, alcanzó su propio placer.
Ella
abandonada a la propia libertad de gozar de su propio cuerpo, mientras sus
propias caricias recorrían su cuerpo, acariciaban su intimidad y desaparecían
en ella, sintió como su amante la miraba detenidamente a través del espejo, al
tiempo que de nuevo aquellos labios se acercaban a su cuello para entregarle
nuevas descargas de placer y éxtasis. Al tiempo que aquellas manos cerraban su
blusa blanca y bajaban su falda azul tapando su ardiente intimidad, desnuda y
oculta a los ojos de los demás.
Él abandonó
el lugar, sin mirarla, sin decirle nada. Ella agotada, sudorosa por tanto
placer recibido durante apenas una hora, por dos hombres y lugares diferentes,
se sentó en uno de los bancos del vestuario y suspiró. Reposo su espalda en
aquella pared testigo de su placer, mientras cerraba sus ojos para recuperar su
respiración. De nuevo la puerta se abrió dando paso a sus compañeras de trabajo
para preparase para una nueva jornada laboral. Nadie preguntó, nadie imaginaba
lo que dos minutos antes había sucedido allí. Nada hacía sospechar que aquel
lugar había sido punto de encuentro de dos personas entregadas a la lujuria.
Demasiado silencio.
La mañana
transcurría como un día más. Llevaba muy pocos días trabajando allí, pero todo
parecía normal. Solo unos recuerdos demasiado cercanos, vividos en su propia
piel desnuda y en intimidad, todavía desnuda y oculta bajo su falda, eran la
nota que marcaba la diferencia. Ni tan solo la presencia de ese hombre que
compartió ese tiempo y su cuerpo esa misma mañana actuaba de forma diferente.
Pero de repente, una llamada interna le hizo regresar de forma brusca a la
realidad de lo vivido. Escuchó la voz que le susurraba mientras besaba su
cuello y jugaba con su húmeda intimidad delante de un espejo.
Al oírle se
sobresaltó intentando disimular dicha reacción delante de algunos compañeros.
Esa voz seguía siendo sensual y provocadora, dueña de palabras que le llevaban
de nuevo a la excitación y a obedecer incondicionalmente en todo aquello que le
pedía. Tal vez por esa necesidad, aunque ahora un poco apagada, de unirse, de
gozar del roce de unas pieles desnudas mientras bailan la música de gemidos y
suspiros excitados. Mientras escuchaba sus ojos buscaban su presencia sin
encontrarla físicamente. Sabía que estaba cercana, justo enfrente de ella, pero
a unos cuantos metros de distancia tras unos cristales opacos.
La voz le
susurraba al oído mientras ella, con una voz temblorosa como consecuencia de un
pudor, contestaba un no tras otro. Pero al poco tiempo dejaron espacio a nuevos
monosílabos. Thaïs, que así se llamaba ella, con su mano izquierda encima de su
pierna, empezó a acariciarse lentamente, tal y como le mandaban esa voz, ahora
ya excitada. Sus dedos se abrían paso lentamente en el canal que dibujaban sus
piernas, subía y bajaba de las rodillas hasta donde empezaba su falda azul. Sus
piernas empezaban a ser presas de ese placer proporcionado por su propia mano y
empezaban a dejar más espacio entre ellas, pero la falda lo impedía.
Su cuerpo
relajado empezaba a vibrar de nuevo bajo sus propias caricias dirigidas por esa
voz que la transportó al mayor deseo incumplido. Esa voz le rogó que abandonara
sus muslos, ahora más ardientes, para que se introdujeran en el interior de su
blusa blanca y buscaran el camino para entrar en ese sujetador que escondían
sus pechos. Ella, como hipnotizada, desbrocho uno de sus botones para dejar
espacio a su mano y así alcanzar sus pechos. En ese instante le vino aquella
imagen de su cuerpo desnudo delante del espejo mientras ella se acariciaba y
gozaba, de una gran humedad en su interior, bajo los ojos de esa voz,
provocándole una excitación y una entrega sin condición a todos los deseos que
le pedía la excitante y excitada voz a través del teléfono.
Con su
melena negra tirada hacia delante, como intentando taparse de otras posibles
miradas, le dio la posibilidad de poderse acariciar los dos pechos,
sensualmente, mientras su sujetador abandonaba su lugar. Esa voz no dejaba de
susurrarle mientras ella con monosílabos intentaba saciar su interés por el
placer que estaba notando en esos momentos. Así y si eran la mayoría de
palabras que ella también susurraba mezclado con algún ahogado gemido de un
placer naciente en su interior.
Thaïs se
encontraba absorbida en esa excitante y placentera situación, ignorando todo
aquello que sucedía a su alrededor, escondida bajo su larga melena que le medio
ocultaba su rostro. Mientras se perdía en la provocación de esa voz y las
caricias de su mano en el pecho, alguien apartó su silla de la mesa al tiempo
que una mano se abría paso firme entre sus ardientes muslos. Unas manos
decididas y sin pudor se dirigían directamente al centro del corazón de su
intimidad desnuda bajo su falda azul.
Sin tener
tiempo de reacción, presa de ese placer causado por esas intensas y constantes
caricias, escuchando esa voz que le explicaba todo aquello que le estaban
entregando, se fundió en una ardiente y profundo placer incontrolado. Buscaba
los ojos de esa voz, pero no los veía. Buscaba los nuevos ojos que la estaban
excitando y entregando un placer de forma inesperada, pero tampoco los veía.
Estaban tan cerca de su intimidad que le impedían verlos. Agitada por tanto
nuevo placer y por la situación que estaba viviendo, no pudo más que dejarse
llevar de nuevo por esa voz, que le pedía que abriera sus piernas subiéndose su
falda y dejando en libertad esa intimidad que llegó ya desnuda y excitada al
trabajo.
Intentó
levantarse, pero en ese momento, aquella mano que estaba descubriendo todo
aquel mundo de excitación donde la humedad ya estaba presente, se lo impidió.
Lo intentó de nuevo, pero sin éxito otra vez. Entre estos intentos, aquella
mano seguía acariciando y excitando el centro de su intimidad, despertando un
nuevo calor, una aumento de excitación y una entrega voluntaria a su nuevo
inquilino. Mientras la voz le seguía susurrando y excitando. Thaïs cada vez
estaba más ardiente, más entregada a su propio placer donde su voluntad fue
sustituida por una nueva corriente de placer. De nuevo, en medio de aquella
tormenta donde las caricias internas y externas te llevan con mayor facilidad a
los altos vuelos, abandonaron su cuerpo.
De nuevo,
sus propias caricias fueron su consuelo para alcanzar y gozar su propio placer.
Pero al abrir sus ojos, tal y como le susurró su voz, descubrió delante de ella
a una persona que le tendía la mano. Esa mano que había jugado minutos antes
con su intimidad mojada y desnuda baja su falda. Con su blusa medio desbrochada
y los pechos libres de su sujetador, le tendió la suya, tal y como le decía la
voz. La puerta de la pared de cristal se abrió al tiempo que ella, guiada por
esa mano, llegaba a ella.
Excitada y
con esa necesidad de seguir siendo amada en cada centímetro de su cuerpo, se
cruzó con los ojos que le hicieron gozar intensamente en el vestuario. Con esos
ojos dueños de esa voz que otra vez le habían hecho gozar en otras manos
desconocidas. Aunque de nuevo, en pleno placer la habían abandonado para
pedirle que ella se acariciara mientras la miraba. Ese abandono en ese momento
le molestaba y se enfada, al tiempo que aumentaba su excitación al ser
observada mientras se acariciaba.
Él estaba
casi desnudo, como ella en el vestuario. Su intimidad estaba libre, al viento y
a su mirada. Su camisa desabrochaba dejaba ver un pecho varonil y fuerte.
Mientras le miraba notó como su interior palpitaba de deseo y necesidad de
fundirse con él para entregarle un mar de placer. Al mirarle fijamente a los
ojos, olvidó que había llegado hasta allí acompañada de una mano que le había
provocado la excitación y calor que tenía su interior. Pero allí presente,
entre los dos estaba.
Uno frente
al otro, ella suspirando de deseo y el gimiendo de un placer que parecía
propio, hizo que Thaïs, por unos instantes se quedara paralizada. Sus ojos no daban
crédito de aquello que eran testigos, no eran capaces de moverse cuando
descubrió que aquellas manos que le habían dado placer en su mesa de despacho,
estuvieran acariciando aquella parte que le había negado en el vestuario.
Ella con su
cuerpo únicamente con una diminuta braguita, se rozaba con el cuerpo de él
mientras recibía caricias por su cuerpo y por su pecho por aquellas manos que
antes le habían acariciado a ella. Thaïs se quedó paralizada sin aliento, al
tiempo que sentía una excitación diferente al mirar como aquellos dos cuerpos
semidesnudos se acariciaban lascivamente mientras la miraban y provocaban.
Ellos presos de una lujuria donde ella se entregó a un placer torrencial, la
seguían mirando mientras en su interior se despertaba
una intensa excitación que se hizo dueña de
su voluntad. Como atraída por un imán se acercó a ellos en busca de sus
caricias, pero en ese momento en que ella intentó acariciar la intimidad de él,
éste una vez más se lo negó. Cogió su mano junto a la suya, con los dedos
enredados, para dirigirlas otra vez hacia su intimidad desnuda, mientras él con
la otra le bajaba la cremallera de su falda y la hacía descender por sus
piernas.
De pie, a su
lado, oliendo ese olor de piel masculina que tanto le excitaba y olvidando
nuevamente la presencia de quien compartía a ese hombre, se entregó para
recibir las más íntimas caricias. Mientras gozaba intensamente de ellas,
mientras notaba como sus dedos y los de él recorrían su puerta de entrada a su
interior, la voz le susurró que mirara como aquello que tanto deseaba era
entregado a otra intimidad. Entre la desesperación que le provocaba la negación
de sus deseos y el ser testigo de cómo otra mujer recibía aquello que ella
deseaba, quiso marcharse de aquel lugar, aunque en su interior deseaba quedarse
al lado de aquel hombre.
Él mientras
ocupaba y jugaba con la intimidad de esa otra mujer tumbada hacia abajo encima
de aquella mesa, cogió a Thaïs de su mano para acércala hacia a él. La abrazó
por su cintura y le pidió que le regalara un placer, como el que le había
entregado delante del espejo del vestuario aquella misma mañana. Intentó
negarse una vez más, pero ese calor que le aumentaba, esa excitación que crecía
en su interior al mirar como otra mujer gozaba con la intimidad de aquel hombre
que ella deseaba, decidió acariciar su propio cuerpo mientras él la miraba.
Había descubierto que le gustaba que la miraran mientras ella se regalaba sus
propios placeres, entregándose un mar de placer mientras jugaba un baile con
sus dedos en el interior de su propia intimidad.
Sus labios
se unieron y se rozaban como la piel desnuda de sus cuerpos mientras ella
empezó a acariciarse y ser parte de ese movimiento que él le entregaba
como consecuencia del juego que le entregaba la otra mujer. Todo
ello la excitaba más todavía, la hacía vibrar y acariciarse con una gran
entrega donde la lujuria de los deseos perdía el total control.
Demasiada
excitación, demasiado deseo carnal nacía en el cuerpo de Thaïs. Su piel, como
su respiración anunciaba una próxima entrega al éxtasis total. Él al observar
como ella se perdía en ese placer, muchísimo más intenso que aquella mañana en
el vestuario, le pidió que se sentara encima de la mesa y se tumbara dejando su
intimidad abierta a sus ojos. Ella, sin dudarlo, se tumbó en ella soñando que
al fin compartirían su intimidad, su excitación y su placer. Pero nada de lo
soñado iba a hacerse realidad, nada de lo que ella le pedía iba a concedérselo,
de nuevo su sueño fue negado. En ese momento, la mujer que estaba a su lado y
que le había provocado un gran placer y que ahora era dueña de aquello que ella
deseaba, se entregó a un placer que compartió con ella, aunque en la distancia.
Mientras
ambas gozaban de esa excitación, Thaïs sintió como se llenaba su intimidad,
como algo se movía en su interior, algo le acariciaba su intimidad al tiempo
que algo jugaba intensamente en el corazón de su intimidad. Pensó que sería la
desnudez de la intimidad de él, pero en ese mismo instante esa intimidad se
acercó a su mano, con una humedad ajena y desconocida para ella, pero sabía
quién era su dueña. La misma que en estos momentos estaba dentro de ella. Al
menos eso creía.
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