miércoles, 21 de diciembre de 2016

CAPITULO 2



Sentirse envuelta por unos labios desconocidos que acariciaban su esbelto cuello, le provocó un exaltación, como aquella que le excitó minutos antes en aquel coche, en su casi desnudo cuerpo. De nuevo la necesidad de sentirse amada le dejó sin posibilidad a negarse. De nuevo era presa de una pasión descontrolada que le obligaba a pedir a aquellos besos que no cesaran, que no pararan de recorrer su cuello.               

Su cuerpo casi desnudo y escondido tras una falda medio subida a la altura de su pelvis, dejaba casi en libertad su intimidad desnuda, oculta por sus delicados dedos, que se disponían a entregarle ese momento de placer que tanto necesitaba. La inminente llegada de ese placer, que era una mezcla explosiva entre los recuerdos de un viaje y la nueva situación que estaba viviendo. Su mente se debatía luchando entre su imagen de mujer inaccesible o la mujer entregada sin condición para seguir gozando de ese nuevo momento, decidiendo entregar a su cuerpo aquel placer que tanto deseaba tener y que le estaba llegando.

Aquellos labios seguían acariciando su cuello delicadamente, aumentando esa nueva sensación y necesidad de sentirse rodea por un cuerpo varonil. De sentir como aquellas manos rozaban su piel, desplazándose por todo su cuerpo, entregado y dispuesto a gozar de nuevo. En cada caricia, en cada beso de aquel hombre que le acompañaba en ese juego que ella inició en solitario, su cuerpo respondía con una mayor entrega.

        Mientras aquellos labios se detenían en su cuello, un brazo la rodeaba por su cintura para oprimirla contra él, que permanecía detrás de ella, en un silencio roto por la respiración agitada fruto de esa gran excitación. Su blusa medio caída, dejaba su hombro desnudo al aire, lugar del nuevo destino de unos labios. Mientras aquellas manos seguían con ese paseo a través de su cuerpo de piel de seda.
Ella misma desabrochó algún botón de su camisa para dejar libre aquel pecho medio escondido en su bonito sujetador de encaje. Un pecho que de nuevo aclamaba ser acariciado por esas inesperadas y desconocidas manos que le estaban transportando a un éxtasis de placer, presa de un incipiente camino hacia la entrega de una nueva humedad que la inundaría una vez más. Las manos de aquel hombre se introdujeron en ese interior para acariciarlo, oprimirlo en varias ocasiones, para trasladarse hacia el otro pecho  que  también quería ser partícipe de ese juego de placer.  Aquel tacto suave que recibió su pecho le hizo esbozar un pequeño suspiro, dejando su cuerpo al deseo más oculto al dueño que provocaba esos momentos tan sensuales y excitantes.

Con sus pechos medio tapados por una blusa blanca desabrochada, con su falda subida y su intimidad desnuda debajo de ella, dejaban su cuerpo casi al desnudo. Una desnudez que provocaba una gran excitación al hombre que le acompañaba en esta aventura. Una excitación que ella notaba clavada en su espalda, despertándole el deseo y la necesidad de compartirla, de gozarla.

       El brazo que la rodeaba la liberó para dirigirse, directamente y sin preámbulos, hacia su intimidad desnuda y medio oculta bajo su falda azul. Esos momentos ella pensó que iba a morir de tanto placer, de tanta lujuria y excitación, pero nada hacía sospechar que aquello solo sería el principio de un nuevo placer. Un placer que sería entregado a las manos que le entregaban aquellas, por juegos íntimos y deseos hechos realidad, pero nunca soñados en algunos de sus sueños nocturnos más perversos.

            Él estaba apoyado en la pared, mientras el cuerpo de ella, medio desnudo se cantoneaba junto al suyo. Un movimiento que reclamaba esa necesidad de ser amada intensamente por un hombre, de ser acariciada y transportada a la meta del placer más innato. Presos de esa lujuria donde la respiración agitada era la música de fondo, su cuerpo pedía desesperadamente sentirse llena en su interior, sentir y compartir a la vez ese deseado momento. Su falda totalmente subida hasta su cintura, sus pechos libres de aquellas prendas que los habían ocultado, dejaban su cuerpo prácticamente desnudo y libre para recibir aquellas caricias que ya no eran rechazadas.

          Era tanta explosión en su interior, tanto calor acumulado que su cuerpo se entregó al éxtasis más intenso y jamás imaginado. Ella cerró sus ojos, mientras sus labios pedían sensualmente a aquellas manos que siguieran bailando en su húmeda intimidad. Presa de un frenesí que le llevo a pedirle a su nuevo amante desconocido que le entregara todo el placer que ella le había negado anteriormente. Era tanto el placer que recorría su cuerpo que le imploró que fundiera su cuerpo con el suyo, que su testigo de placer que se clavaba en su espalda formara parte de su intimidad húmeda y desnuda.

           Palabras de petición que fueron ignoradas por aquel hombre que la abrazaba y acariciaba en un rincón de aquel vestuario. Sus piernas temblaban cada vez que aquellas manos se acercaban a su intimidad. Cada roce de aquellas manos que se atrevían a profundizar en su interior, le producía un nuevo latido de deseo y de pasión desenfrenada. Tras tanto frenesí de lujuria y placer interno que desembocaba en un nuevo torrente de humedad, despertando su necesidad de acariciar la piel oculta bajo la ropa de su amante. Sus manos abandonaron su propio cuerpo para dirigirse hacia el de él, pero se detuvieron cuando aquellas caricias externas que recibía su intimidad, se transformaron en caricias internas para transportarla a un nuevo estado de placer.

         Mientras ella se perdía en esos momentos de éxtasis, aquellos fuertes brazos aprovecharon el momento para rodearla nuevamente por su cintura para alzarla y llevarla hacia un nuevo lugar. Ella gozaba intensamente de ese nuevo torrente que inundaba su intimidad, cuando al abrir sus ojos se encontró delante del espejo de aquel vestuario. Abrió sus ojos y se descubrió casi desnuda reflejándose en él, observando como unas manos le acariciaban con deseo y pasión. Se quedó mirando fijamente su cuerpo, aquellas manos que la acariciaban y le daban tanto placer. Su mirada se centró en aquella mano que acariciaba su intimidad, cuando vio y noto como aquellos dedos, una vez más, desaparecían en su interior. Cerró nuevamente los ojos para gozar   con   más   intensidad  aquellos  excitantes  momentos,  pero su amante, susurrándole al oído, le obligó a mirarse en el espejo mientras gozaba e inundaba su humedad. Imagen que le provocó un aumento de calor interior y excitación para alcanzar un mayor placer.

         En esos momentos ya no recordaba todo lo vivido en el interior de aquel coche rojo junto a unas manos que descubrieron su auténtica necesidad de ser deseada. De ser la protagonista de su propio placer concedido por unas manos que solo deseaban acompañarla en esos momentos, donde su cuerpo se estremecía y vibraba cuando alcanzaba la meta del éxtasis. Pero si recordaba esa necesidad de ser compartida con el cuerpo desnudo de su desconocido amante, para sentir ese éxtasis desde el baile del auténtico placer de compartir el contacto de dos pieles unidas por esa necesidad.

       Necesidad que sus manos intentaron buscar por encima de la ropa de su nuevo amante, necesidad que expresaron unos labios sedientos de ser besados, necesidad que fue de nuevo una petición no concedida. Aquellas manos seguían acariciando su intimidad y mientras ella lo observaba a través del espejo, al tiempo que aumentaba su excitación. Sus piernas de nuevo se abrían para dejar paso a las caricias sensuales y provocadoras que le proporcionaban aquellas manos esperando que jugaran al juego del amor en el interior de su intimidad.

          Lentamente aquellos dedos desaparecieron del espejo para iniciar su camino hacia el interior de su intimidad desnuda y abierta para recibirlos sin pudor. De nuevo sintió un gran placer entregando una nueva humedad mientras sus manos acariciaban sensualmente sus pechos, aumentando ese nuevo éxtasis de placer. Rodeada y entregada sin resistencia a aquellos brazos que la excitaban solo con el roce de su piel, le abandonaron sin previo aviso y en medio de tanto placer. En ese momento que ella necesitaba notar como aquellos dedos le ayudaban a alcanzarlo.

Pero el olor a venganza flotaba en el aire. La venganza de un amante para mirarla a través del espejo como ella misma se acariciaba para alcanzarlo. En ese momento que más caricias necesitaba, en ese momento que deseaba sentir aquellos dedos en su intimidad para mojarlos con su placer, le abandonaron. Su corazón más íntimo aclamaba desesperadamente ser acariciado, pero su amante solo observaba, igual que ella a través del espejo, mientras sus propios dedos le proporcionaban ese placer que su amante le negó. Desnuda y presa de un gran éxtasis, delante de un espejo y junto a un hombre que le había hecho perder la cordura para llevarla a la lujuria, alcanzó su propio placer.

          Ella abandonada a la propia libertad de gozar de su propio cuerpo, mientras sus propias caricias recorrían su cuerpo, acariciaban su intimidad y desaparecían en ella, sintió como su amante la miraba detenidamente a través del espejo, al tiempo que de nuevo aquellos labios se acercaban a su cuello para entregarle nuevas descargas de placer y éxtasis. Al tiempo que aquellas manos cerraban su blusa blanca y bajaban su falda azul tapando su ardiente intimidad, desnuda y oculta a los ojos de los demás.

      Él abandonó el lugar, sin mirarla, sin decirle nada. Ella agotada, sudorosa por tanto placer recibido durante apenas una hora, por dos hombres y lugares diferentes, se sentó en uno de los bancos del vestuario y suspiró. Reposo su espalda en aquella pared testigo de su placer, mientras cerraba sus ojos para recuperar su respiración. De nuevo la puerta se abrió dando paso a sus compañeras de trabajo para preparase para una nueva jornada laboral. Nadie preguntó, nadie imaginaba lo que dos minutos antes había sucedido allí. Nada hacía sospechar que aquel lugar había sido punto de encuentro de dos personas entregadas a la lujuria. Demasiado silencio.
  
La mañana transcurría como un día más. Llevaba muy pocos días trabajando allí, pero todo parecía normal. Solo unos recuerdos demasiado cercanos, vividos en su propia piel desnuda y en intimidad, todavía desnuda y oculta bajo su falda, eran la nota que marcaba la diferencia. Ni tan solo la presencia de ese hombre que compartió ese tiempo y su cuerpo esa misma mañana actuaba de forma diferente. Pero de repente, una llamada interna le hizo regresar de forma brusca a la realidad de lo vivido. Escuchó la voz que le susurraba mientras besaba su cuello y jugaba con su húmeda intimidad delante de un espejo.

Al oírle se sobresaltó intentando disimular dicha reacción delante de algunos compañeros. Esa voz seguía siendo sensual y provocadora, dueña de palabras que le llevaban de nuevo a la excitación y a obedecer incondicionalmente en todo aquello que le pedía. Tal vez por esa necesidad, aunque ahora un poco apagada, de unirse, de gozar del roce de unas pieles desnudas mientras bailan la música de gemidos y suspiros excitados. Mientras escuchaba sus ojos buscaban su presencia sin encontrarla físicamente. Sabía que estaba cercana, justo enfrente de ella, pero a unos cuantos metros de distancia tras unos cristales opacos.

La voz le susurraba al oído mientras ella, con una voz temblorosa como consecuencia de un pudor, contestaba un no tras otro. Pero al poco tiempo dejaron espacio a nuevos monosílabos. Thaïs, que así se llamaba ella, con su mano izquierda encima de su pierna, empezó a acariciarse lentamente, tal y como le mandaban esa voz, ahora ya excitada. Sus dedos se abrían paso lentamente en el canal que dibujaban sus piernas, subía y bajaba de las rodillas hasta donde empezaba su falda azul. Sus piernas empezaban a ser presas de ese placer proporcionado por su propia mano y empezaban a dejar más espacio entre ellas, pero la falda lo impedía.
  
Su cuerpo relajado empezaba a vibrar de nuevo bajo sus propias caricias dirigidas por esa voz que la transportó al mayor deseo incumplido. Esa voz le rogó que abandonara sus muslos, ahora más ardientes, para que se introdujeran en el interior de su blusa blanca y buscaran el camino para entrar en ese sujetador que escondían sus pechos. Ella, como hipnotizada, desbrocho uno de sus botones para dejar espacio a su mano y así alcanzar sus pechos. En ese instante le vino aquella imagen de su cuerpo desnudo delante del espejo mientras ella se acariciaba y gozaba, de una gran humedad en su interior, bajo los ojos de esa voz, provocándole una excitación y una entrega sin condición a todos los deseos que le pedía la excitante y excitada voz a través del teléfono.

Con su melena negra tirada hacia delante, como intentando taparse de otras posibles miradas, le dio la posibilidad de poderse acariciar los dos pechos, sensualmente, mientras su sujetador abandonaba su lugar. Esa voz no dejaba de susurrarle mientras ella con monosílabos intentaba saciar su interés por el placer que estaba notando en esos momentos. Así y si eran la mayoría de palabras que ella también susurraba mezclado con algún ahogado gemido de un placer naciente en su interior.

Thaïs se encontraba absorbida en esa excitante y placentera situación, ignorando todo aquello que sucedía a su alrededor, escondida bajo su larga melena que le medio ocultaba su rostro. Mientras se perdía en la provocación de esa voz y las caricias de su mano en el pecho, alguien apartó su silla de la mesa al tiempo que una mano se abría paso firme entre sus ardientes muslos. Unas manos decididas y sin pudor se dirigían directamente al centro del corazón de su intimidad desnuda bajo su falda azul.
Sin tener tiempo de reacción,  presa  de  ese  placer causado por esas intensas y constantes caricias, escuchando esa voz que le explicaba todo aquello que le estaban entregando, se fundió en una ardiente y profundo placer incontrolado. Buscaba los ojos de esa voz, pero no los veía. Buscaba los nuevos ojos que la estaban excitando y entregando un placer de forma inesperada, pero tampoco los veía. Estaban tan cerca de su intimidad que le impedían verlos. Agitada por tanto nuevo placer y por la situación que estaba viviendo, no pudo más que dejarse llevar de nuevo por esa voz, que le pedía que abriera sus piernas subiéndose su falda y dejando en libertad esa intimidad que llegó ya desnuda y excitada al trabajo.

Intentó levantarse, pero en ese momento, aquella mano que estaba descubriendo todo aquel mundo de excitación donde la humedad ya estaba presente, se lo impidió. Lo intentó de nuevo, pero sin éxito otra vez. Entre estos intentos, aquella mano seguía acariciando y excitando el centro de su intimidad, despertando un nuevo calor, una aumento de excitación y una entrega voluntaria a su nuevo inquilino. Mientras la voz le seguía susurrando y excitando. Thaïs cada vez estaba más ardiente, más entregada a su propio placer donde su voluntad fue sustituida por una nueva corriente de placer. De nuevo, en medio de aquella tormenta donde las caricias internas y externas te llevan con mayor facilidad a los altos vuelos, abandonaron su cuerpo.

De nuevo, sus propias caricias fueron su consuelo para alcanzar y gozar su propio placer. Pero al abrir sus ojos, tal y como le susurró su voz, descubrió delante de ella a una persona que le tendía la mano. Esa mano que había jugado minutos antes con su intimidad mojada y desnuda baja su falda. Con su blusa medio desbrochada y los pechos libres de su sujetador, le tendió la suya, tal y como le decía la voz. La puerta de la pared de cristal se abrió al tiempo que ella, guiada por esa mano, llegaba a ella.

Excitada y con esa necesidad de seguir siendo amada en cada centímetro de su cuerpo, se cruzó con los ojos que le hicieron gozar intensamente en el vestuario. Con esos ojos dueños de esa voz que otra vez le habían hecho gozar en otras manos desconocidas. Aunque de nuevo, en pleno placer la habían abandonado para pedirle que ella se acariciara mientras la miraba. Ese abandono en ese momento le molestaba y se enfada, al tiempo que aumentaba su excitación al ser observada mientras se acariciaba.

Él estaba casi desnudo, como ella en el vestuario. Su intimidad estaba libre, al viento y a su mirada. Su camisa desabrochaba dejaba ver un pecho varonil y fuerte. Mientras le miraba notó como su interior palpitaba de deseo y necesidad de fundirse con él para entregarle un mar de placer. Al mirarle fijamente a los ojos, olvidó que había llegado hasta allí acompañada de una mano que le había provocado la excitación y calor que tenía su interior. Pero allí presente, entre los dos estaba.

Uno frente al otro, ella suspirando de deseo y el gimiendo de un placer que parecía propio, hizo que Thaïs, por unos instantes se quedara paralizada. Sus ojos no daban crédito de aquello que eran testigos, no eran capaces de moverse cuando descubrió que aquellas manos que le habían dado placer en su mesa de despacho, estuvieran acariciando aquella parte que le había negado en el vestuario.

Ella con su cuerpo únicamente con una diminuta braguita, se rozaba con el cuerpo de él mientras recibía caricias por su cuerpo y por su pecho por aquellas manos que antes le habían acariciado a ella. Thaïs se quedó paralizada sin aliento, al tiempo que sentía una excitación diferente al mirar como aquellos dos cuerpos semidesnudos se acariciaban lascivamente mientras la miraban y provocaban. Ellos presos de una lujuria donde ella se entregó a un placer torrencial, la seguían  mirando  mientras  en  su  interior  se  despertaba  una  intensa excitación que se hizo dueña de su voluntad. Como atraída por un imán se acercó a ellos en busca de sus caricias, pero en ese momento en que ella intentó acariciar la intimidad de él, éste una vez más se lo negó. Cogió su mano junto a la suya, con los dedos enredados, para dirigirlas otra vez hacia su intimidad desnuda, mientras él con la otra le bajaba la cremallera de su falda y la hacía descender por sus piernas.

De pie, a su lado, oliendo ese olor de piel masculina que tanto le excitaba y olvidando nuevamente la presencia de quien compartía a ese hombre, se entregó para recibir las más íntimas caricias. Mientras gozaba intensamente de ellas, mientras notaba como sus dedos y los de él recorrían su puerta de entrada a su interior, la voz le susurró que mirara como aquello que tanto deseaba era entregado a otra intimidad. Entre la desesperación que le provocaba la negación de sus deseos y el ser testigo de cómo otra mujer recibía aquello que ella deseaba, quiso marcharse de aquel lugar, aunque en su interior deseaba quedarse al lado de aquel hombre.

Él mientras ocupaba y jugaba con la intimidad de esa otra mujer tumbada hacia abajo encima de aquella mesa, cogió a Thaïs de su mano para acércala hacia a él. La abrazó por su cintura y le pidió que le regalara un placer, como el que le había entregado delante del espejo del vestuario aquella misma mañana. Intentó negarse una vez más, pero ese calor que le aumentaba, esa excitación que crecía en su interior al mirar como otra mujer gozaba con la intimidad de aquel hombre que ella deseaba, decidió acariciar su propio cuerpo mientras él la miraba. Había descubierto que le gustaba que la miraran mientras ella se regalaba sus propios placeres, entregándose un mar de placer mientras jugaba un baile con sus dedos en el interior de su propia intimidad.

Sus labios se unieron y se rozaban como la piel desnuda de sus cuerpos mientras ella empezó a acariciarse y ser parte de ese movimiento  que  él  le  entregaba  como consecuencia del juego que le entregaba la otra mujer. Todo ello la excitaba más todavía, la hacía vibrar y acariciarse con una gran entrega donde la lujuria de los deseos perdía el total control.

Demasiada excitación, demasiado deseo carnal nacía en el cuerpo de Thaïs. Su piel, como su respiración anunciaba una próxima entrega al éxtasis total. Él al observar como ella se perdía en ese placer, muchísimo más intenso que aquella mañana en el vestuario, le pidió que se sentara encima de la mesa y se tumbara dejando su intimidad abierta a sus ojos. Ella, sin dudarlo, se tumbó en ella soñando que al fin compartirían su intimidad, su excitación y su placer. Pero nada de lo soñado iba a hacerse realidad, nada de lo que ella le pedía iba a concedérselo, de nuevo su sueño fue negado. En ese momento, la mujer que estaba a su lado y que le había provocado un gran placer y que ahora era dueña de aquello que ella deseaba, se entregó a un placer que compartió con ella, aunque en la distancia.


Mientras ambas gozaban de esa excitación, Thaïs sintió como se llenaba su intimidad, como algo se movía en su interior, algo le acariciaba su intimidad al tiempo que algo jugaba intensamente en el corazón de su intimidad. Pensó que sería la desnudez de la intimidad de él, pero en ese mismo instante esa intimidad se acercó a su mano, con una humedad ajena y desconocida para ella, pero sabía quién era su dueña. La misma que en estos momentos estaba dentro de ella. Al menos eso creía.

viernes, 16 de diciembre de 2016

INTIMIDAD OCULTA: CAPITULO 1

Nada ni nadie de quienes se encontraban a su alrededor pudieron ser testigos, ni tan solo conscientes de aquellos minutos que desbordarían placer y lujuria. Ninguna señal, ni un movimiento extraño provocaría una alerta, ningún grito llamaría la atención de aquellos que les rodeaban. Todo un carrusel de placer sería ignorado por aquellos que estaban a su lado y un castillo de fuegos artificiales iluminaría cada poro de la piel de aquellos que fueron sus protagonistas.

Era una mañana donde el sol amanecía jugando entre nubes borrascosas. Unas nubes que anunciaban tormenta amenazando mojar cada rincón de una bella ciudad que empezaba a despertar. Luces en el horizonte como anuncio de un próximo y estremecedor trueno eran el guion perfecto de una película donde nadie puede imaginar su final. Un secreto guardado entre nubes portador de aguas torrenciales. Aguas que recorren sin pudor cada poro de una tierra que sueña ser acariciada por cada gota describiendo el camino de cada surco.

        Ella, vestida como cada mañana con su falda ajustada de color azul y su vaporosa blusa blanca, se dispuso a cerrar la puerta de su casa para dirigirse hacia la parada del autobús que la llevaba a su lugar de trabajo. Su larga melena negra jugaba con el viento de la tormenta que se avecinaba, cubriendo sus hermosos ojos y sus labios de color carmesí. Al tiempo, el ruido de sus finos talones acompañaba a la magnífica orquesta celestial. Ella era la artista invitada en esa tormenta que iniciaba el camino hacia una torrencial e intensa lluvia. Ni ella era consciente que esa situación la transportaría hacia el placer de vivir una de sus más gratas e inolvidables experiencias, donde la lujuria sería la condena más deseada.

        Al llegar a la parada, aquel autobús que ella siempre subía para dirigirse a su trabajo, guardaba esperando su llegada. En su rostro algunas gotas recorrían su rostro que se secó delicadamente con la palma de su mano. Unas gotas que le hacían estremecer su cuerpo, que le provocaban una especie de corriente que salía por cada poro de su piel. Una sensación que era el preámbulo de todo lo que le quedaba por vivir en un trayecto habitual y donde nunca ocurría nada diferente. 

Sentada, como siempre, en la parte posterior del autobús, con sus piernas cruzadas mientras intentaba ordenar su melena revuelta, miró a través de la ventana. Sus ojos delataban que estaban soñando, que estaban viajando al lado de la tormenta que se acercaba, como aquel vehículo rojo que frenaba justo al lado de su ventana. Ella era el trueno que se escucharía gracias a la luz de la mirada lasciva del interior de aquel coche rojo. Cuando ambas se cruzaron en la distancia ya provocaron los primeros relámpagos, donde la más suave piel se estremece. Una mirada donde el deseo despertó la necesidad de soñar sin pensar que se iba a hacer realidad.

Un gran estallido la hizo despertar de ese sueño que prometía ser de nuevo placentero en soledad. Placentero cuando llegara a su lugar de trabajo, donde en algunas ocasiones podía despertar y calmar aquella necesidad propia e innata. Un ruido ensordecedor que le hizo mirar de nuevo a través de su ventana y cruzándose con una mirada que le reclamaba, provocando en su interior una tormenta que también necesitaba ser calmada.

Sus manos recorrieron sus brazos, frotaron sus muslos como un intento vano de calmar sus desbocados deseos. Pero como hechizada por aquella mirada no podía dejar de sentir y notar como su piel reclamaba ser acariciada por unas manos que la desearan. Tal vez las manos dueñas de aquella mirada podían ser quienes dibujaran los senderos de su piel y calmaran la fuerza de su tormenta.

       De repente una voz le hizo desviar su cautivada mirada para observar aquello que ocurría a su alrededor. Todos los ocupantes debían abandonar aquel autobús como consecuencia de aquel fortuito impacto sufrido. Ella, presa de una necesidad y atracción desconocida busco de nuevo aquella mirada que prometía una experiencia jamás soñada. Su respiración se agitó cuando no la encontró, su cuerpo se calmó mientras oprimía sus brazos para darle calor y contrarrestar el agua fría que dejaban caer las nubes grises.

  Cuando aquel sueño donde la lujuria, el placer descontrolado y las soñadas caricias se habían disipado, se abrió la puerta de ese coche rojo que albergaba tal vez el camino de hacer realidad su perverso y placentero sueño. De nuevo las miradas se cruzaron para anunciar esa atracción y deseo carnal, siempre en secreto y oculto en las anteriores ocasiones. Ya habían compartido un mismo espacio en el ascensor del edificio, ya habían sido protagonistas en sus propios sueños eróticos.

   Sin mediar palabra, mientras ella se alzaba unos centímetros su ajustada falda para poder entrar en su coche, sus manos se atraparon con desesperación. Sus dedos se entrelazaban apasionadamente, se rozaban y se abrazaban como cuerpos presos en la cúspide del placer más sensual. Se soltaban, se rozaban y se volvían a unir al tiempo que su piel era víctima de un escalofrío que recorría su cuerpo casi descontrolado. Eran unas caricias que sin tocar su cuerpo la transportaba a un estado de placer preámbulo de una gran tormenta interior.

        Las gotas de lluvia que descendían por el cristal del coche marcaban el camino de la mano de su nuevo compañero. Gotas que se unían unas con otras, como la piel de una mano masculina se unía a la piel de sus muslos y tapados por aquella falda azul. Gotas que jugueteaban, como los dedos los hacían entre su delicada entrepierna. Juego que le provocaba un placer ya olvidado, un placer que la poseía y le hacía perder su propio control. Unos delicados dedos que le alteraba y provocaba la necesidad de ser acariciada, de ser besada y de sentirse poseída por el placer de un intenso orgasmo.

        Notaba los latidos de su corazón reflejados en sus partes más íntimas, mientras se humedecía, mientras sus pechos reclamaban en silencio la necesidad de ser acariciados. Ella envuelta en ese inmenso mar de sensaciones olvidadas le hizo perder el control de todo aquello que sucedía en el interior de aquel coche rojo. Había cerrado los ojos para revivir todo aquel placer que entrega el rozamiento para alcanzar ese calor interior como anuncio de la llegada de ese placer incontrolado y deseado.

         Abrió nuevamente sus ojos y de nuevo se cruzó con los de su nuevo acompañante. Unos ojos que seguían manteniendo esa mirada cautivadora y que desprendían el deseo de continuar acariciando aquella tersa y delicada piel de su cuerpo. Su mano acompañaba a la de su compañero, entrelazadas y apretadas, mientras seguían acariciando la piel de sus piernas y se deslizaban por encima de su falda para llegar a su ingle para volver a descender. Caricias que de nuevo le transportaron al inicio de ese camino para alcanzar la meta del placer descontrolado, despertando ese calor interior que calma el agua de una tormenta cargada de lujuria y éxtasis.

     Ella sentía sus labios resecos, todo lo contrario a lo que sentía en sus partes más íntimas. Allí sobraba humedad y crecía la necesidad de ser acariciada, de ser poseída para facilitar el camino al máximo placer. Humedeció sus labios muy sensualmente sin apartar la mirada de su nuevo compañero. Debía expresar que no debía continuar, pero ella deseaba y necesitaba que él no parara, porque ya era presa del placer de unos dedos que dibujan el camino que describía su entrepierna tapada por su falda.

       Tan solo habían pasado par de minutos y ella ya estaba fuera de sí, ya no era capaz de controlar ni su cuerpo ni su mente. Tan solo acudía a su mente la necesidad de seguir siendo acariciada y poseída por la piel de aquellas manos que tanto placer le estaban entregando en silencio bajo las gotas de lluvia de una tormenta inesperada. Pero por unos instantes aquella mano abandonó su cuerpo para poder iniciar el camino que los llevaría a su destino a través de una carretera saturada de vehículos. Instantes que le parecían meses despertando una desesperada necesidad de seguir siendo la presa de aquella mano que le daba tanto y tanto placer.

       Ella sentada y con las piernas juntas, notó de nuevo esa mano encima de ella. Notó como aquellos dedos intentaban abrirse paso en la unión de ambas piernas por debajo de su falda. Unos dedos que cada vez que apretaban sus falanges provocan un nuevo latido en ese punto que tanto placer le daba. Por un par de veces pudo evitar el abrirlas, pero tras la insistencia de esos dedos cedió y abrió lentamente sus piernas para facilitar el camino hacia ese lugar que era preso del mayor deseo de ser acariciado y penetrado.

    Él la acarició suavemente, subía y bajaba rozando tímidamente el encaje de su diminuta braguita. Cada vez que aquellos dedos rozaban su intimidad ella se estremecía y gozaba aumentando su calor y agitando su respiración. Cuando aquellos dedos volvían a ascender, ella presa de la lujuria permitía que sus piernas se abrieran lentamente para dejar paso a un nuevo y descontrolado momento de placer. Aquella sensualidad que desprendían aquellos dedos que se habían colado bajo su falda, provocaba en su interior una humedad imposible de controlar. Al igual que la necesidad de notar aquellos dedos en el desnudo interior más íntimo, pero que solo notaba a través de aquella fina tela que la separaba de aquella placentera mano.

Su respiración agitada ya era imposible esconderla, al igual que su leve resistencia había desaparecido. Ella abrió nuevamente sus ojos para mirarle con deseo y transmitirle la necesidad de ser poseída mientras él seguía paseando sus dedos sensualmente entre su entrepierna, subiendo lentamente hasta sus ingles para volver a descender hasta sus rodillas. Esas caricias y la ausencia de hacer realidad su deseo de ser penetrada, hacían que su humedad aumentara con intensidad y sus manos presas de la desesperación, acudieron al final de su falda para subirla dejando desnudos la totalidad de sus muslos.

Él también preso de esa excitación de su compañera no pudo evitar el llevar sus dedos hacia su ingle para colarse a través de su diminuta braguita mientras descendía en busca de ese lugar que imaginaba húmedo y ardiente. Ella respondió con un gran suspiro mientras cerraba sus ojos y apretaba sus piernas para presionar aquella mano que rozaba la piel de su intimidad. Él cautivado por aquellos suspiros que manifestaban tanto placer hizo intento de moverse para poder acariciar mejor aquel lugar tan deseado y que tanto placer le había dado en múltiples noches de soledad. Pero le fue imposible, solo pudo encontrar el centro del corazón de aquel húmedo lugar para rozarle sabiendo que ello transportaría a su dueña a uno de los momentos más altos del placer humano. Momento que descubrió su verdad cuando sus dedos se humedecieron como las gotas de lluvia mojaban el cristal de su coche.

Sus pechos endurecidos por tanta caricia íntima gritaban la necesidad de ser acariciados por la piel de aquellas manos que tanto placer le habían provocado. Deseaban que aquellos dedos que jugaban con su parte íntima también lo hicieran con ellos. Era una necesidad que no podía reprimir, pero como si su acompañante hubiera oído su voz, en ese mismo instante, retiró su mano de su húmeda intimidad para entrelazarse con una de sus manos que le acariciaban sus brazos.

Ella presa de una gran lujuria, ni tan solo fue consciente de que aquella mano había abandona aquel cálido rincón de su cuerpo, cuando de nuevo las dos manos bailaban el baile de una amor apasionado, descontrolado y lleno de pasión y lujuria. Las manos entrelazadas se acercaron al escote de su blusa, para introducirse juntas en su interior. Ella dejándose llevar por él, le acompañó en ese viaje hacia sus pechos deseosos de ser acariciados.

Su nuevo amante, introduciendo sus dedos entre el sujetador y su pecho, alcanzó uno de sus pechos que deseaban ser acariciados, mientras ella se perdía en una nueva tormenta interior que inundó su entrepierna. Dejó escapar de nuevo suspiros jadeantes como muestra de ese punto culminante de placer mientras aquellos dedos seguían jugando con su pecho. Pero en unos segundos, eran sus propios dedos los que jugaban con su pecho, mientras aquella mano iniciaba un nuevo recorrido entre sus muslos abiertos y desnudos.

Presa por un gran placer siguió acariciándose su pecho, dándose a sí misma un placer añadido a aquellos que le provocaban aquellos dedos, que ahora se abrían paso lentamente por debajo de su diminuta braguita de color negro. Unos dedos que acariciaban intensamente el corazón de su intimidad y entregándole un nuevo momento de placer descontrolado. Al tiempo uno de esos dedos agarró un lateral de la braguita, tirando de ella para apartarla y liberar su intimidad. Ella, que seguía sin control y sin dejar de acariciar su pecho, alzó su cuerpo para facilitar que descendieran a sus tobillos.

Ya con su intimidad desnuda y abierta, la mano de su acompañante se posó en su totalidad sobre él. De nuevo esos gemidos de placer salieron de sus labios al tiempo que humedecían de nuevo las puntas de aquellos dedos que exploraban minuciosamente cada rincón. Dedos que abrieron su intimidad paseándose por su mojada piel, mientras ella gritaba en silencio el deseo de albergar en su interior uno de ellos. De repente ella se estremeció, al tiempo que presionaba con dulzura su pecho, al notar como uno de ellos iniciaba el camino hacia su interior más íntimo. Al sentir como se introducía en ella, mientras otro de ellos acariciaba dulcemente su íntimo corazón, se estremeció provocándole un gran sudor y jadeando sin control como estaba viviendo aquel intenso momento de placer en el interior de aquel coche y en medio de una carretera rodeada de otros vehículos, pero que ella les ignoraba.

Cautiva de su placer, donde su control había desaparecido por completo, tras aquel intenso orgasmo que le hizo alcanzar una lujuria ya olvidada, le hizo abrir de nuevo sus desnudas piernas. Al tiempo que su cuerpo descendía por el asiento para poder dejar más espacio a su desnuda intimidad, para que su amante le transportara de nuevo a esos momentos donde perdía su control y como agradecimiento humedecía sus dedos.

Tal y como sus piernas se abrieron, su amante no dudo en introducir en aquella caliente intimidad dos dedos más. En su interior se movían dibujando el baile del amor, entrando y saliendo, girando y rozando aquellas paredes que rozaban sus dedos. Al igual que ella jadeaba sin control, aquellos dedos hacían exactamente lo mismo en su intimidad más escondida, rozando y acariciando ese punto donde ese momento de tanto placer tiene el pasaporte garantizado.

Su piel sudaba, sus labios estaban resecos a pesar de su constante intento de humedecerlos sensualmente con la punta de su lengua, mientras su lujuria era interrumpida cuando aquellos dedos se detenían en su interior justo en ese momento que notaba que iba a gozar a ser presa de un nuevo placer. Ese juego la desesperaba, al tiempo que su calor aumentaba y subía a un nivel que jamás había vivido. Su cuerpo sudaba, temblaba y jadeaba presa de continuos momentos de placer desconocido bajo la mirada de un hombre al que ni siquiera sabía cómo se llamaba, pero ya no le importaba. Era tanto el placer que estaba gozando bajo la mirada de aquel hombre desconocido que ello le hacía sentir todavía un placer que acababa de descubrir, que tan solo lo podía sentir y deseaba volver a gozar.

De nuevo sus leves suspiros combinados con su jadeante respiración se escaparon de sus labios mientras las miradas entre ambos hablaban en silencio. De nuevo sentía como bajaba su intimidad se mojaba por el baile de aquellos dedos que seguían en su interior. Seguían girando, entrando y saliendo de su interior para acariciar la piel desnuda y mojada de su exterior. Para regresar de nuevo a su interior y seguir bailando mientras ella acariciaba su ya desnudo pecho. No podía dejar de gozar, de sentir y de estremecerse en cada uno de los movimientos de aquellos dedos en su interior, cuando de nuevo noto que en su interior faltaba espacio. La desnuda y húmeda piel de su intimidad   dejaba   de   ser   acariciada   porque   todos   aquellos  dedos mojados se abrían paso hacia su interior. De nuevo presa de aquel frenesí descontrolado le hizo acariciar su otro pecho, ahora también desnudo de su blusa y de su sujetador de encaje.

Cuando notó como aquellos dedos presionaban para abrirse paso, ella tuvo que abrir más sus piernas, pero su falda y sus braguitas a media pierna se lo impedían. De nuevo alzó su cuerpo levantarse más su falda y acabar de deslizar sus braguitas hasta por debajo de sus rodillas, para que solas descendieran sus tobillos y así liberar una de sus piernas. Todo ello al tiempo que sentía y gozaba como aquellos dedos alcanzaban su mojado interior y giraba sin pausa. Ello le hizo desembocar en una lujuria donde su cuerpo reaccionaba de forma primitiva, abriendo al máximo sus piernas para dejar más espacio al placer, acariciando con desesperación sus pechos mientras respiraba agitada y gritaba presa del placer.

Parecía que le faltaba aire para poder respirar, cuando de nuevo ese placer recorría su interior intensamente, incluso pensando que iba a morir en aquel mismo instante pero no le importaba. Junto sus piernas con tanta fuerza que inmovilizó aquella mano, dejándola en su interior sin opción a salir. Únicamente notaba como los dedos seguían jugando y dándole placer al tiempo que ella derramaba una intensa lluvia interior que jamás olvidaría y que tal vez jamás volvería a sentir. Tras esos momentos de intenso placer que colapsaron sus sentidos, sus piernas se abrían lentamente, cediendo espacio a los dedos presos y mojados de su interior. Lentamente recuperaba su aliento y sus ojos se abrieron para cruzarse nuevamente con las de su compañero que en esos momentos también jadeaba como muestra de ser cautivado y excitado por sus encantos de mujer.

La mano una vez liberada, salió lentamente de su interior, pero se detuvo para acariciar aquella piel mojada y caliente que todavía latía tras un ese brutal e intenso momento de placer. Ella se estremeció y suspiró al tiempo que acercaba una de sus manos con las que había acariciado intensamente su pecho para unirla a la de él.   Al unirse a ella, notó en su palma su propia humedad y observó su cuerpo casi desnudo en el asiento del coche. Sus braguitas estaban en el suelo, su falda recogida en su cintura dejando a los ojos de él su parte más íntima libre para ser observada y acariciada. Mientras su blusa blanca medio desabrochada y el sujetador caído dejaba sus pechos desnudos a la vista de su amante secreto.

Ella casi desnuda y llena de un placer gozado se hallaba al lado de un hombre vestido y bien compuesto, donde solo su respiración denotaba la excitación vivida en aquel lugar. Ella casi desnuda y acariciada en cada rincón de su cuerpo por unos dedos que la transportaron a una gran tormenta de placer y él un auténtico desconocido para sus propias manos. Ella inmersa en ese mar de pensamientos que la excitaban un poco más todavía, cuando de repente y sin avisar, aquellos dedos volvían a introducirse en su interior, girando y bailando de nuevo el baile del placer de la lujuria.

Mientras el coche consumía lentamente los kilómetros de calzada, ella compartía su intimidad desnuda al aire, reclinando el asiento de su coche para entregarse sin límites, momento que aprovechó su amante para coger una de sus piernas y pasarla por encima de una de las suyas. Su intimidad estaba tan abierta que ya nada podía impedir las miradas de aquellos ojos que tanto la excitaban, que tanto placer le daban. Ella ya desbocada de nuevo en aquellos momentos donde su piel emanaba sudor por cada poro, aquellos dedos abandonaron su más profunda intimidad para acariciarla y llevarla de nuevo al deseo más descontrolado, de ser de nuevo inundada de aquella humedad como fruto del placer de aquellos dedos en su interior le habían dado unos instantes antes.

Presa de una lujuria y de un deseo carnal perdió el control del tiempo y de todos aquellos que la rodeaban, portándola a un estado de embriaguez de placer, provocado por las sensuales caricias constantes e incesantes de aquella mano desconocida sobre su piel húmeda. Un estado del que fue despertada por la voz de su amante secreto anunciándole la llegada a su lugar de trabajo. Esa voz la devolvió a la realidad, al lugar donde se hallaba y como se hallaba, casi desnuda y abierta a las caricias de un desconocido, provocándole un sobresalto de vergüenza y pudor que duró tan poco tiempo como el necesario para que de nuevo fuera invadida su intimidad por aquellos dedos compañeros de su viaje de placer.

Mientras intentaba recomponer su blusa caída de sus hombros, seguía con su pierna encima de la de él, aprovechando esos minutos de placer pensando que jamás volvería a ser la protagonista de esos placeres. De nuevo acomodó su asiento a la posición vertical mientras que con su mano acariciaba la de él en forma de despedida. Él cariñosamente la acarició dulcemente dejándole el espacio necesario para liberar su pierna en aquella postura. Seguidamente buscó sus braguitas por el suelo del coche, pero cuando las encontró de nuevo aquella mano apareció junto a las suyas. Pero esta vez no la acarició, no jugó con sus dedos al juego del amor. Tan solo agarraron aquellas braguitas para retenerlas de forma que ella no pudiera colocarlas en su lugar. De nuevo las miradas de cruzaron desprendiendo esa lujuria que no había acabado, sino que había sido solamente interrumpida. Ella como si entendiera todo lo que le hablaban aquellos ojos cedió su mano dejando su prenda en las manos de su amante, quién decididamente las guardó debajo de su propia pierna. Ante esta situación, todavía con la falda subida dejando medio escondida su intimidad, se peinó su larga melena descontrolada y repasó sus resecos labios con carmín.

El coche se detuvo en la esquina de su trabajo como un coche más, nada hacía sospechar de lo vivido en su interior durante esos veinte minutos de trayecto. Ella todavía con la sensibilidad a flor de piel, ciega por la mirada de él, bajo lentamente su falda esperando ser acariciada de nuevo antes de bajar. Pero únicamente quedó en un deseo que alteró nuevamente esa necesidad de ser abordada por ese placer inexplicable.

Sintió la necesidad de hablarle y expresarle algunas palabras como justificante de sus actos y de su placer recibido de forma inesperada. Pero en ese momento en el que intentó balbucear alguna palabra se encontró de nuevo con aquella mano que se colaba silenciosamente por debajo de su falda. De nuevo ese sudor hizo presa de cuerpo, esa excitación se apoderó de su cuerpo provocando la necesidad de sentir en su interior ese baile. Pero de nuevo quedó en una ardiente excitación mientras se retiraba la mano lentamente de sus muslos y la voz de él le deseaba una feliz jornada laboral.

Atónita, excitada y con la respiración agitada como consecuencia de un nuevo aumento de placer interior, se bajó del coche y mirándole fijamente a sus ojos le deseo lo mismo. En ese instante el sacó de nuevo sus braguitas enredadas en sus dedos mostrándoselas a ella mientras las estrechaba entre ellos. Ese gesto le hizo estremecerse de nuevo, le hizo vibrar de tal modo que notó como crecía su calor interno de forma descontrolada al igual que lo notó su amante secreto. Ella apretó sus labios fuertemente para intentar ser dueña de su realidad al tiempo que él le proponía una nueva cita al final de su jornada. Sin mediar palabra, tan solo asistiendo con la cabeza la cita fue confirmada y tras ello de nuevo aquella voz le reclamó su presencia por la otra puerta. Ella como una autómata cerró su puerta para dirigirse hacia la de él, que ya guardaba abierta y esperando su llegada.

Se detuvo, de pie junto a la puerta notando como de nuevo la otra mano ascendía entre sus piernas por debajo de su falda hasta llegar a su intimidad desnuda y oculta para los demás, pero no para aquel hombre. De nuevo rozaron la piel húmeda y todavía caliente provocándole un temblor y un placer en silencio. Ellos rozaron la puerta de su intimidad y sin avisar entraron suavemente en su interior. Ella de nuevo se excitó, allí de pie medio inclinada dejando entrever sus pechos a través del  escote de su  vaporosa blusa blanca.   Al igual que entraron sin avisar, abandonaron el lugar al tiempo que esa voz le pedía que ahora al entrar a su trabajo fueran sus manos quienes repitieran ese baile de placer de su intimidad, hasta ahora desconocida por su nuevo amante secreto.

Ella sintiendo ese cosquilleo en el centro del corazón de su intimidad se retiró de la puerta para permitir que su amante se fuera. Sus ojos brillaban y denotaban que habían sido testigos de una situación donde el placer íntimo había sido una realidad. Unos ojos que todos sus compañeros vieron diferentes, ignorando que su intimidad se ocultaba desnuda y húmeda bajo su ajustada falda azul. Solo ella era testigo de esa desnudez, de ese placer que solo al recordarlo le provocaba un nuevo palpitar y una respiración agitada.

Se dirigió hacia el vestuario del trabajo mientras recordaba cada segundo de ese viaje donde el éxtasis borró la música para dejar paso a la partitura del placer donde la música era compuesta de gemidos, de respiraciones agitadas y pequeños susurros como muestra de haber alcanzado la cima del máximo placer. Estos recuerdos la excitaban todavía más provocando la necesidad de volver a sentir como aquella propia humedad recorría una parte de su cuerpo y aumentaba vertiginosamente cuando recordaba que llevaba esa parte desnuda y oculta bajo su falda.

Al entrar y abrir la puerta de ese vestuario, sus propias manos empezaban a recorrer disimuladamente su cuerpo por encima de su ropa mientras su mente recordaba el tacto de aquellos dedos que lo habían hecho anteriormente. Cada caricia que ella se hacía desprendía una descarga en su cuerpo que erizaba su dulce piel y la transportaba lentamente a ese estado de placer íntimo. A ese estado donde la necesidad de ocupar su intimidad era reclamada y calmada por sus propios dedos. Distaba mucho del placer que había vivido en el interior de aquel coche, pero conseguía calmar tímidamente esa necesidad interna del momento.
  
De nuevo se encontraba con su falda medio subida mientras su propia mano imitaba los movimientos de su anterior inquilino. Su blusa de nuevo era apartada de su hombro para deslizar el tirante de su sujetador para dejar su pecho al aire y poder gozar de sus propias caricias. De nuevo la situación se repetía. De nuevo su intimidad se encontraba inundada por el baile de sus finos y delicados dedos. Su pecho de nuevo gozaba de las caricias de su mano, de nuevo ese placer iniciaba su camino. Pero de nuevo, esta vez sin ver los ojos de los dueños de estos otros dedos, se entrelazaban a los suyos mientras unos labios recorrían su cuello.


Su cuerpo se estremeció al notar una piel distinta a la suya, intentó descubrir quién le acompañaba en esos momentos de placer que inundaba cada poro de su piel, pero ante la llegada de una nueva tormenta interior le hizo perder nuevamente su control. Se dejó llevar de nuevo por ese placer ardiente que recorría y gozaba su cuerpo, en otro lugar, pero con el mismo placer y necesidad de ser acariciada, deseada y acompañada en su desnuda intimidad.