Nada ni
nadie de quienes se encontraban a su alrededor pudieron ser testigos, ni tan
solo conscientes de aquellos minutos que desbordarían placer y lujuria. Ninguna
señal, ni un movimiento extraño provocaría una alerta, ningún grito llamaría la
atención de aquellos que les rodeaban. Todo un carrusel de placer sería
ignorado por aquellos que estaban a su lado y un castillo de fuegos artificiales
iluminaría cada poro de la piel de aquellos que fueron sus protagonistas.
Era una
mañana donde el sol amanecía jugando entre nubes borrascosas. Unas nubes que
anunciaban tormenta amenazando mojar cada rincón de una bella ciudad que
empezaba a despertar. Luces en el horizonte como anuncio de un próximo y
estremecedor trueno eran el guion perfecto de una película donde nadie puede
imaginar su final. Un secreto guardado entre nubes portador de aguas
torrenciales. Aguas que recorren sin pudor cada poro de una tierra que sueña
ser acariciada por cada gota describiendo el camino de cada surco.
Ella,
vestida como cada mañana con su falda ajustada de color azul y su vaporosa
blusa blanca, se dispuso a cerrar la puerta de su casa para dirigirse hacia la
parada del autobús que la llevaba a su lugar de trabajo. Su larga melena negra
jugaba con el viento de la tormenta que se avecinaba, cubriendo sus hermosos
ojos y sus labios de color carmesí. Al tiempo, el ruido de sus finos talones
acompañaba a la magnífica orquesta celestial. Ella era la artista invitada en
esa tormenta que iniciaba el camino hacia una torrencial e intensa lluvia. Ni
ella era consciente que esa situación la transportaría hacia el placer de vivir
una de sus más gratas e inolvidables experiencias, donde la lujuria sería la
condena más deseada.
Al
llegar a la parada, aquel autobús que ella siempre subía para dirigirse a su
trabajo, guardaba esperando su llegada. En su rostro algunas gotas recorrían su
rostro que se secó delicadamente con la palma de su mano. Unas gotas que le
hacían estremecer su cuerpo, que le provocaban una especie de corriente que
salía por cada poro de su piel. Una sensación que era el preámbulo de todo lo
que le quedaba por vivir en un trayecto habitual y donde nunca ocurría nada
diferente.
Sentada,
como siempre, en la parte posterior del autobús, con sus piernas cruzadas
mientras intentaba ordenar su melena revuelta, miró a través de la ventana. Sus
ojos delataban que estaban soñando, que estaban viajando al lado de la tormenta
que se acercaba, como aquel vehículo rojo que frenaba justo al lado de su
ventana. Ella era el trueno que se escucharía gracias
a la luz de la mirada lasciva del interior de aquel coche rojo. Cuando ambas se
cruzaron en la distancia ya provocaron los primeros relámpagos, donde la más
suave piel se estremece. Una mirada donde el deseo despertó la necesidad de
soñar sin pensar que se iba a hacer realidad.
Un gran
estallido la hizo despertar de ese sueño que prometía ser de nuevo placentero
en soledad. Placentero cuando llegara a su lugar de trabajo, donde en algunas
ocasiones podía despertar y calmar aquella necesidad propia e innata. Un ruido
ensordecedor que le hizo mirar de nuevo a través de su ventana y cruzándose con
una mirada que le reclamaba, provocando en su interior una tormenta que también
necesitaba ser calmada.
Sus manos
recorrieron sus brazos, frotaron sus muslos como un intento vano de calmar sus
desbocados deseos. Pero como hechizada por aquella mirada no podía dejar de
sentir y notar como su piel reclamaba ser acariciada por unas manos que la
desearan. Tal vez las manos dueñas de aquella mirada podían ser quienes
dibujaran los senderos de su piel y calmaran la fuerza de su tormenta.
De
repente una voz le hizo desviar su cautivada mirada para observar aquello que
ocurría a su alrededor. Todos los ocupantes debían abandonar aquel autobús como
consecuencia de aquel fortuito impacto sufrido. Ella, presa de una necesidad y
atracción desconocida busco de nuevo aquella mirada que prometía una experiencia
jamás soñada. Su respiración se agitó cuando no la encontró, su cuerpo se calmó
mientras oprimía sus brazos para darle calor y contrarrestar el agua fría que
dejaban caer las nubes grises.
Cuando
aquel sueño donde la lujuria, el placer descontrolado y las soñadas caricias se
habían disipado, se abrió la puerta de ese coche rojo que albergaba tal vez el camino
de hacer realidad su perverso y placentero sueño. De nuevo las miradas se
cruzaron para anunciar esa atracción y deseo carnal, siempre en secreto y
oculto en las anteriores ocasiones. Ya habían compartido un mismo espacio en el
ascensor del edificio, ya habían sido protagonistas en sus propios sueños
eróticos.
Sin
mediar palabra, mientras ella se alzaba unos centímetros su ajustada falda para
poder entrar en su coche, sus manos se atraparon con desesperación. Sus dedos
se entrelazaban apasionadamente, se rozaban y se abrazaban como cuerpos presos
en la cúspide del placer más sensual. Se soltaban, se rozaban y se volvían a
unir al tiempo que su piel era víctima de un escalofrío que recorría su cuerpo
casi descontrolado. Eran unas caricias que sin tocar su cuerpo la transportaba
a un estado de placer preámbulo de una gran tormenta interior.
Las
gotas de lluvia que descendían por el cristal del coche marcaban el camino de
la mano de su nuevo compañero. Gotas que se unían unas con otras, como la piel
de una mano masculina se unía a la piel de sus muslos y tapados por aquella
falda azul. Gotas que jugueteaban, como los dedos los hacían entre su delicada
entrepierna. Juego que le provocaba un placer ya olvidado, un placer que la
poseía y le hacía perder su propio control. Unos delicados dedos que le
alteraba y provocaba la necesidad de ser acariciada, de ser besada y de
sentirse poseída por el placer de un intenso orgasmo.
Notaba
los latidos de su corazón reflejados en sus partes más íntimas, mientras se
humedecía, mientras sus pechos reclamaban en silencio la necesidad de ser
acariciados. Ella envuelta en ese inmenso mar de sensaciones olvidadas le hizo
perder el control de todo aquello que sucedía en el interior de aquel coche
rojo. Había cerrado los ojos para revivir todo aquel placer que entrega el
rozamiento para alcanzar ese calor interior como anuncio
de la llegada de ese placer incontrolado y deseado.
Abrió
nuevamente sus ojos y de nuevo se cruzó con los de su nuevo acompañante. Unos
ojos que seguían manteniendo esa mirada cautivadora y que desprendían el deseo
de continuar acariciando aquella tersa y delicada piel de su cuerpo. Su mano acompañaba
a la de su compañero, entrelazadas y apretadas, mientras seguían acariciando la
piel de sus piernas y se deslizaban por encima de su falda para llegar a su
ingle para volver a descender. Caricias que de nuevo le transportaron al inicio
de ese camino para alcanzar la meta del placer descontrolado, despertando ese
calor interior que calma el agua de una tormenta cargada de lujuria y éxtasis.
Ella
sentía sus labios resecos, todo lo contrario a lo que sentía en sus partes más
íntimas. Allí sobraba humedad y crecía la necesidad de ser acariciada, de ser
poseída para facilitar el camino al máximo placer. Humedeció sus labios muy
sensualmente sin apartar la mirada de su nuevo compañero. Debía expresar que no
debía continuar, pero ella deseaba y necesitaba que él no parara, porque ya era
presa del placer de unos dedos que dibujan el camino que describía su
entrepierna tapada por su falda.
Tan
solo habían pasado par de minutos y ella ya estaba fuera de sí, ya no era capaz
de controlar ni su cuerpo ni su mente. Tan solo acudía a su mente la necesidad
de seguir siendo acariciada y poseída por la piel de aquellas manos que tanto
placer le estaban entregando en silencio bajo las gotas de lluvia de una
tormenta inesperada. Pero por unos instantes aquella mano abandonó su cuerpo
para poder iniciar el camino que los llevaría a su destino a través de una
carretera saturada de vehículos. Instantes que le parecían meses despertando
una desesperada necesidad de seguir siendo la presa de aquella mano que le daba
tanto y tanto placer.
Ella
sentada y con las piernas juntas, notó de nuevo esa mano encima de ella. Notó
como aquellos dedos intentaban abrirse paso en la unión de ambas piernas por
debajo de su falda. Unos dedos que cada vez que apretaban sus falanges provocan
un nuevo latido en ese punto que tanto placer le daba. Por un par de veces pudo
evitar el abrirlas, pero tras la insistencia de esos dedos cedió y abrió
lentamente sus piernas para facilitar el camino hacia ese lugar que era preso
del mayor deseo de ser acariciado y penetrado.
Él
la acarició suavemente, subía y bajaba rozando tímidamente el encaje de su
diminuta braguita. Cada vez que aquellos dedos rozaban su intimidad ella se
estremecía y gozaba aumentando su calor y agitando su respiración. Cuando aquellos
dedos volvían a ascender, ella presa de la lujuria permitía que sus piernas se
abrieran lentamente para dejar paso a un nuevo y descontrolado momento de
placer. Aquella sensualidad que desprendían aquellos dedos que se habían colado
bajo su falda, provocaba en su interior una humedad imposible de controlar. Al
igual que la necesidad de notar aquellos dedos en el desnudo interior más
íntimo, pero que solo notaba a través de aquella fina tela que la separaba de
aquella placentera mano.
Su
respiración agitada ya era imposible esconderla, al igual que su leve
resistencia había desaparecido. Ella abrió nuevamente sus ojos para mirarle con
deseo y transmitirle la necesidad de ser poseída mientras él seguía paseando
sus dedos sensualmente entre su entrepierna, subiendo lentamente hasta sus
ingles para volver a descender hasta sus rodillas. Esas caricias y la ausencia
de hacer realidad su deseo de ser penetrada, hacían que su humedad aumentara
con intensidad y sus manos presas de la desesperación, acudieron al final de su
falda para subirla dejando desnudos la totalidad de sus muslos.
Él también
preso de esa excitación de su compañera no pudo evitar el llevar sus dedos
hacia su ingle para colarse a través de su diminuta braguita mientras descendía
en busca de ese lugar que imaginaba húmedo y ardiente.
Ella respondió con un gran suspiro mientras cerraba sus ojos y apretaba sus
piernas para presionar aquella mano que rozaba la piel de su intimidad. Él
cautivado por aquellos suspiros que manifestaban tanto placer hizo intento de
moverse para poder acariciar mejor aquel lugar tan deseado y que tanto placer
le había dado en múltiples noches de soledad. Pero le fue imposible, solo pudo
encontrar el centro del corazón de aquel húmedo lugar para rozarle sabiendo que
ello transportaría a su dueña a uno de los momentos más altos del placer
humano. Momento que descubrió su verdad cuando sus dedos se humedecieron como
las gotas de lluvia mojaban el cristal de su coche.
Sus pechos
endurecidos por tanta caricia íntima gritaban la necesidad de ser acariciados
por la piel de aquellas manos que tanto placer le habían provocado. Deseaban
que aquellos dedos que jugaban con su parte íntima también lo hicieran con
ellos. Era una necesidad que no podía reprimir, pero como si su acompañante
hubiera oído su voz, en ese mismo instante, retiró su mano de su húmeda
intimidad para entrelazarse con una de sus manos que le acariciaban sus brazos.
Ella presa
de una gran lujuria, ni tan solo fue consciente de que aquella mano había
abandona aquel cálido rincón de su cuerpo, cuando de nuevo las dos manos
bailaban el baile de una amor apasionado, descontrolado y lleno de pasión y
lujuria. Las manos entrelazadas se acercaron al escote de su blusa, para
introducirse juntas en su interior. Ella dejándose llevar por él, le acompañó
en ese viaje hacia sus pechos deseosos de ser acariciados.
Su nuevo
amante, introduciendo sus dedos entre el sujetador y su pecho, alcanzó uno de
sus pechos que deseaban ser acariciados, mientras ella se perdía en una nueva tormenta
interior que inundó su entrepierna. Dejó escapar de nuevo suspiros jadeantes
como muestra de ese punto culminante de placer mientras aquellos dedos seguían
jugando con su pecho. Pero en unos segundos, eran sus propios dedos los que jugaban con su pecho,
mientras aquella mano iniciaba un nuevo recorrido entre sus muslos abiertos y
desnudos.
Presa por un
gran placer siguió acariciándose su pecho, dándose a sí misma un placer añadido
a aquellos que le provocaban aquellos dedos, que ahora se abrían paso
lentamente por debajo de su diminuta braguita de color negro. Unos dedos que
acariciaban intensamente el corazón de su intimidad y entregándole un nuevo
momento de placer descontrolado. Al tiempo uno de esos dedos agarró un lateral
de la braguita, tirando de ella para apartarla y liberar su intimidad. Ella,
que seguía sin control y sin dejar de acariciar su pecho, alzó su cuerpo para
facilitar que descendieran a sus tobillos.
Ya con su
intimidad desnuda y abierta, la mano de su acompañante se posó en su totalidad
sobre él. De nuevo esos gemidos de placer salieron de sus labios al tiempo que
humedecían de nuevo las puntas de aquellos dedos que exploraban minuciosamente
cada rincón. Dedos que abrieron su intimidad paseándose por su mojada piel,
mientras ella gritaba en silencio el deseo de albergar en su interior uno de
ellos. De repente ella se estremeció, al tiempo que presionaba con dulzura su
pecho, al notar como uno de ellos iniciaba el camino hacia su interior más
íntimo. Al sentir como se introducía en ella, mientras otro de ellos acariciaba
dulcemente su íntimo corazón, se estremeció provocándole un gran sudor y
jadeando sin control como estaba viviendo aquel intenso momento de placer en el
interior de aquel coche y en medio de una carretera rodeada de otros vehículos,
pero que ella les ignoraba.
Cautiva de
su placer, donde su control había desaparecido por completo, tras aquel intenso
orgasmo que le hizo alcanzar una lujuria ya olvidada, le hizo abrir de nuevo
sus desnudas piernas. Al tiempo que su cuerpo descendía por el asiento para
poder dejar más espacio a su desnuda intimidad, para que su amante le
transportara de nuevo a esos momentos donde perdía su control y como
agradecimiento humedecía sus dedos.
Tal y como
sus piernas se abrieron, su amante no dudo en introducir en aquella caliente
intimidad dos dedos más. En su interior se movían dibujando el baile del amor,
entrando y saliendo, girando y rozando aquellas paredes que rozaban sus dedos.
Al igual que ella jadeaba sin control, aquellos dedos hacían exactamente lo
mismo en su intimidad más escondida, rozando y acariciando ese punto donde ese
momento de tanto placer tiene el pasaporte garantizado.
Su piel
sudaba, sus labios estaban resecos a pesar de su constante intento de
humedecerlos sensualmente con la punta de su lengua, mientras su lujuria era
interrumpida cuando aquellos dedos se detenían en su interior justo en ese
momento que notaba que iba a gozar a ser presa de un nuevo placer. Ese juego la
desesperaba, al tiempo que su calor aumentaba y subía a un nivel que jamás
había vivido. Su cuerpo sudaba, temblaba y jadeaba presa de continuos momentos
de placer desconocido bajo la mirada de un hombre al que ni siquiera sabía cómo
se llamaba, pero ya no le importaba. Era tanto el placer que estaba gozando
bajo la mirada de aquel hombre desconocido que ello le hacía sentir todavía un
placer que acababa de descubrir, que tan solo lo podía sentir y deseaba volver
a gozar.
De nuevo sus
leves suspiros combinados con su jadeante respiración se escaparon de sus
labios mientras las miradas entre ambos hablaban en silencio. De nuevo sentía
como bajaba su intimidad se mojaba por el baile de aquellos dedos que seguían
en su interior. Seguían girando, entrando y saliendo de su interior para
acariciar la piel desnuda y mojada de su exterior. Para regresar de nuevo a su
interior y seguir bailando mientras ella acariciaba su ya desnudo pecho. No
podía dejar de gozar, de sentir y de estremecerse en cada uno de los
movimientos de aquellos dedos en su interior, cuando de nuevo noto que en su
interior faltaba espacio. La desnuda y húmeda piel de su intimidad dejaba de ser
acariciada porque todos aquellos
dedos mojados se abrían paso hacia su
interior. De nuevo presa de aquel frenesí descontrolado le hizo acariciar su
otro pecho, ahora también desnudo de su blusa y de su sujetador de encaje.
Cuando notó
como aquellos dedos presionaban para abrirse paso, ella tuvo que abrir más sus
piernas, pero su falda y sus braguitas a media pierna se lo impedían. De nuevo
alzó su cuerpo levantarse más su falda y acabar de deslizar sus braguitas hasta
por debajo de sus rodillas, para que solas descendieran sus tobillos y así
liberar una de sus piernas. Todo ello al tiempo que sentía y gozaba como
aquellos dedos alcanzaban su mojado interior y giraba sin pausa. Ello le hizo
desembocar en una lujuria donde su cuerpo reaccionaba de forma primitiva,
abriendo al máximo sus piernas para dejar más espacio al placer, acariciando
con desesperación sus pechos mientras respiraba agitada y gritaba presa
del placer.
Parecía que
le faltaba aire para poder respirar, cuando de nuevo ese placer recorría su
interior intensamente, incluso pensando que iba a morir en aquel mismo instante
pero no le importaba. Junto sus piernas con tanta fuerza que inmovilizó aquella
mano, dejándola en su interior sin opción a salir. Únicamente notaba como los
dedos seguían jugando y dándole placer al tiempo que ella derramaba una intensa
lluvia interior que jamás olvidaría y que tal vez jamás volvería a sentir. Tras
esos momentos de intenso placer que colapsaron sus sentidos, sus piernas se
abrían lentamente, cediendo espacio a los dedos presos y mojados de su
interior. Lentamente recuperaba su aliento y sus ojos se abrieron para cruzarse
nuevamente con las de su compañero que en esos momentos también jadeaba como
muestra de ser cautivado y excitado por sus encantos de mujer.
La mano una
vez liberada, salió lentamente de su interior, pero se detuvo para acariciar
aquella piel mojada y caliente que todavía latía tras un ese brutal e intenso
momento de placer. Ella se estremeció y suspiró al tiempo que acercaba una de
sus manos con las que había acariciado intensamente su pecho para unirla a la
de él. Al unirse a ella, notó en su palma su propia humedad y observó
su cuerpo casi desnudo en el asiento del coche. Sus braguitas estaban en el
suelo, su falda recogida en su cintura dejando a los ojos de él su parte más
íntima libre para ser observada y acariciada. Mientras su blusa blanca medio
desabrochada y el sujetador caído dejaba sus pechos desnudos a la vista de su
amante secreto.
Ella casi
desnuda y llena de un placer gozado se hallaba al lado de un hombre vestido y
bien compuesto, donde solo su respiración denotaba la excitación vivida en
aquel lugar. Ella casi desnuda y acariciada en cada rincón de su cuerpo por
unos dedos que la transportaron a una gran tormenta de placer y él un auténtico
desconocido para sus propias manos. Ella inmersa en ese mar de pensamientos que
la excitaban un poco más todavía, cuando de repente y sin avisar, aquellos
dedos volvían a introducirse en su interior, girando y bailando de nuevo el
baile del placer de la lujuria.
Mientras el
coche consumía lentamente los kilómetros de calzada, ella compartía su
intimidad desnuda al aire, reclinando el asiento de su coche para entregarse
sin límites, momento que aprovechó su amante para coger una de sus piernas y
pasarla por encima de una de las suyas. Su intimidad estaba tan abierta que ya
nada podía impedir las miradas de aquellos ojos que tanto la excitaban, que
tanto placer le daban. Ella ya desbocada de nuevo en aquellos momentos donde su
piel emanaba sudor por cada poro, aquellos dedos abandonaron su más profunda
intimidad para acariciarla y llevarla de nuevo al deseo más descontrolado, de
ser de nuevo inundada de aquella humedad como fruto del placer de aquellos
dedos en su interior le habían dado unos instantes antes.
Presa de una
lujuria y de un deseo carnal perdió el control del tiempo y de todos aquellos
que la rodeaban, portándola a un estado de embriaguez de placer, provocado por
las sensuales caricias constantes e incesantes de aquella mano
desconocida sobre su piel húmeda. Un estado del que fue despertada por la voz
de su amante secreto anunciándole la llegada a su lugar de trabajo. Esa voz la
devolvió a la realidad, al lugar donde se hallaba y como se hallaba, casi
desnuda y abierta a las caricias de un desconocido, provocándole un sobresalto
de vergüenza y pudor que duró tan poco tiempo como el necesario para que de
nuevo fuera invadida su intimidad por aquellos dedos compañeros de su viaje de
placer.
Mientras
intentaba recomponer su blusa caída de sus hombros, seguía con su pierna encima
de la de él, aprovechando esos minutos de placer pensando que jamás volvería a
ser la protagonista de esos placeres. De nuevo acomodó su asiento a la posición
vertical mientras que con su mano acariciaba la de él en forma de despedida. Él
cariñosamente la acarició dulcemente dejándole el espacio necesario para
liberar su pierna en aquella postura. Seguidamente buscó sus braguitas por el
suelo del coche, pero cuando las encontró de nuevo aquella mano apareció junto
a las suyas. Pero esta vez no la acarició, no jugó con sus dedos al juego del
amor. Tan solo agarraron aquellas braguitas para retenerlas de forma que ella
no pudiera colocarlas en su lugar. De nuevo las miradas de cruzaron
desprendiendo esa lujuria que no había acabado, sino que había sido solamente
interrumpida. Ella como si entendiera todo lo que le hablaban aquellos ojos
cedió su mano dejando su prenda en las manos de su amante, quién decididamente
las guardó debajo de su propia pierna. Ante esta situación, todavía con la
falda subida dejando medio escondida su intimidad, se peinó su larga melena
descontrolada y repasó sus resecos labios con carmín.
El coche se
detuvo en la esquina de su trabajo como un coche más, nada hacía sospechar de
lo vivido en su interior durante esos veinte minutos de trayecto. Ella todavía
con la sensibilidad a flor de piel, ciega por la mirada de él, bajo lentamente
su falda esperando ser acariciada de nuevo antes de bajar. Pero únicamente
quedó en un deseo que alteró nuevamente esa necesidad de ser abordada por ese
placer inexplicable.
Sintió la
necesidad de hablarle y expresarle algunas palabras como justificante de sus
actos y de su placer recibido de forma inesperada. Pero en ese momento en el
que intentó balbucear alguna palabra se encontró de nuevo con aquella mano que
se colaba silenciosamente por debajo de su falda. De nuevo ese sudor hizo presa
de cuerpo, esa excitación se apoderó de su cuerpo provocando la necesidad de
sentir en su interior ese baile. Pero de nuevo quedó en una ardiente excitación
mientras se retiraba la mano lentamente de sus muslos y la voz de él le deseaba
una feliz jornada laboral.
Atónita,
excitada y con la respiración agitada como consecuencia de un nuevo aumento de
placer interior, se bajó del coche y mirándole fijamente a sus ojos le deseo lo
mismo. En ese instante el sacó de nuevo sus braguitas enredadas en sus dedos
mostrándoselas a ella mientras las estrechaba entre ellos. Ese gesto le hizo
estremecerse de nuevo, le hizo vibrar de tal modo que notó como crecía su calor
interno de forma descontrolada al igual que lo notó su amante secreto. Ella
apretó sus labios fuertemente para intentar ser dueña de su realidad al tiempo
que él le proponía una nueva cita al final de su jornada. Sin mediar palabra,
tan solo asistiendo con la cabeza la cita fue confirmada y tras ello de nuevo
aquella voz le reclamó su presencia por la otra puerta. Ella como una autómata
cerró su puerta para dirigirse hacia la de él, que ya guardaba abierta y
esperando su llegada.
Se detuvo,
de pie junto a la puerta notando como de nuevo la otra mano ascendía entre sus
piernas por debajo de su falda hasta llegar a su intimidad desnuda y oculta
para los demás, pero no para aquel hombre. De nuevo rozaron la piel húmeda y
todavía caliente provocándole un temblor y un placer en silencio. Ellos rozaron
la puerta de su intimidad y sin avisar entraron suavemente en su interior. Ella
de nuevo se excitó, allí de pie medio inclinada dejando entrever sus pechos a
través del escote de su vaporosa blusa blanca. Al
igual que entraron sin avisar, abandonaron el lugar
al tiempo que esa voz le pedía que ahora al entrar a su trabajo fueran sus
manos quienes repitieran ese baile de placer de su intimidad, hasta ahora
desconocida por su nuevo amante secreto.
Ella
sintiendo ese cosquilleo en el centro del corazón de su intimidad se retiró de
la puerta para permitir que su amante se fuera. Sus ojos brillaban y denotaban
que habían sido testigos de una situación donde el placer íntimo había sido una
realidad. Unos ojos que todos sus compañeros vieron diferentes, ignorando que
su intimidad se ocultaba desnuda y húmeda bajo su ajustada falda azul. Solo
ella era testigo de esa desnudez, de ese placer que solo al recordarlo le
provocaba un nuevo palpitar y una respiración agitada.
Se dirigió
hacia el vestuario del trabajo mientras recordaba cada segundo de ese viaje
donde el éxtasis borró la música para dejar paso a la partitura del placer
donde la música era compuesta de gemidos, de respiraciones agitadas y pequeños
susurros como muestra de haber alcanzado la cima del máximo placer. Estos
recuerdos la excitaban todavía más provocando la necesidad de volver a sentir
como aquella propia humedad recorría una parte de su cuerpo y aumentaba
vertiginosamente cuando recordaba que llevaba esa parte desnuda y oculta bajo
su falda.
Al entrar y
abrir la puerta de ese vestuario, sus propias manos empezaban a recorrer
disimuladamente su cuerpo por encima de su ropa mientras su mente recordaba el
tacto de aquellos dedos que lo habían hecho anteriormente. Cada caricia que
ella se hacía desprendía una descarga en su cuerpo que erizaba su dulce piel y
la transportaba lentamente a ese estado de placer íntimo. A ese estado donde la
necesidad de ocupar su intimidad era reclamada y calmada por sus propios dedos.
Distaba mucho del placer que había vivido en el interior de aquel coche, pero
conseguía calmar tímidamente esa necesidad interna del momento.
De nuevo se
encontraba con su falda medio subida mientras su propia mano imitaba los
movimientos de su anterior inquilino. Su blusa de nuevo era apartada de su
hombro para deslizar el tirante de su sujetador para dejar su pecho al aire y
poder gozar de sus propias caricias. De nuevo la situación se repetía. De nuevo
su intimidad se encontraba inundada por el baile de sus finos y delicados
dedos. Su pecho de nuevo gozaba de las caricias de su mano, de nuevo ese placer
iniciaba su camino. Pero de nuevo, esta vez sin ver los ojos de los dueños de
estos otros dedos, se entrelazaban a los suyos mientras unos labios recorrían
su cuello.
Su cuerpo se
estremeció al notar una piel distinta a la suya, intentó descubrir quién le
acompañaba en esos momentos de placer que inundaba cada poro de su piel, pero
ante la llegada de una nueva tormenta interior le hizo perder nuevamente su
control. Se dejó llevar de nuevo por ese placer ardiente que recorría y gozaba
su cuerpo, en otro lugar, pero con el mismo placer y necesidad de ser
acariciada, deseada y acompañada en su desnuda intimidad.